Entrar Via

La amante despreciada del CEO romance Capítulo 110

Arthur finalmente recibió el alta. Los hematólogos confirmaron con satisfacción que el trasplante había sido un éxito; el proceso de injerto estaba consolidado y la médula ósea nueva comenzaba a funcionar. El médico jefe le entregó a Sarah una lista rigurosa de cuidados: aislamiento relativo, dieta cocida, nada de plantas ni mascotas, y una higiene extrema mientras su sistema inmunológico terminaba de fortalecerse.

Cuando las puertas automáticas se abrieron, las enfermeras que lo habían cuidado meses entre cuatro paredes se despidieron con aplausos y gestos de cariño. Arthur salió en una silla de ruedas, cubierto con una mascarilla profesional que apenas dejaba ver sus ojos brillantes de emoción.

Dominic y Maxwell lo esperaban afuera, ambos tensos, pero con la mirada fija en el pequeño. Dominic, llevando también una mascarilla y usando desinfectante, se acercó primero. Se puso a su altura y, con una delicadeza que le hizo temblar las manos, lo rodeó en un abrazo suave.

—Bienvenido de nuevo, Arthur —le susurró Dominic, sintiendo el calor del niño contra su pecho.

Arthur estiró sus bracitos y le correspondió con fuerza.

—¡Ya salí, papá! —exclamó el niño con la voz amortiguada por el filtro, apretando a Dominic.

Dominic cerró los ojos, dejando que una lágrima se perdiera en su mascarilla. Ese reconocimiento era el único bálsamo para el dolor que lo consumía. Maxwell, a solo unos pasos, sintió un vuelco violento en el corazón. Ver a su propio hijo biológico llamar "papá" a Dominic era una tortura silenciosa que le quemaba la garganta. Quería gritarle la verdad, decirle que era él quien compartía su sangre, pero se obligó a tragarse el orgullo por el bien del niño.

Maxwell se acercó después, con una sonrisa que le iluminaba el rostro de forma inusual a pesar de su tormento interno. Le puso una mano en el hombro con afecto.

—Hola, campeón. De aquí en adelante te vas a recuperar por completo —le aseguró Maxwell—. Muy pronto estarás corriendo y jugando con los demás niños.

Arthur miró a Dominic y luego a Maxwell, con esa sabiduría que solo tienen los niños que han estado cerca de la muerte.

—Gracias por cuidarme desde el vidrio —le dijo a Dominic, y luego se giró hacia Maxwell—. Y gracias por darme su sangre y salvarme la vida.

Sarah, tratando de contener las lágrimas de alivio, intervino para romper la solemnidad del momento.

—Es hora de irnos. Vamos a casa.

Dominic se incorporó con un leve mareo que logró disimular apretando los dientes.

—El apartamento está listo. Todo ha sido desinfectado y está equipado para lo que necesites —informó Dominic.

Arthur frunció el ceño, confundido.

—¿No iremos a la casa de la abuela Charlotte?

Dominic intercambió una mirada rápida con Sarah. La sola mención de su abuela le provocó una punzada de amargura, especialmente sabiendo como había echado a Sarah de la casa y que no le importó la salud del niño.

—Nos vamos a un apartamento cerca de aquí, Arthur. Es mejor por si necesitamos volver rápido al médico —explicó Dominic con paciencia—. Además, la casa de la abuela tiene un jardín demasiado grande y el médico recomendó mantenerte alejado de las plantas y la tierra por un tiempo. Es por tu seguridad.

Arthur asintió, comprendiendo la lógica del cuidado.

Grace sintió que la sangre se le helaba en las venas. El aire pareció abandonar la habitación y su corazón dio un vuelco violento que la dejó sin aliento. El nombre de Dominic retumbó en su cabeza junto a esa palabra definitiva.

—¿Qué? —susurró Grace, palideciendo al instante—. ¿Qué dijo? ¿Cómo que Dominic se está muriendo?

Charlotte arqueó una ceja, observándola con un escrutinio despiadado, buscando cualquier rastro de falsedad en su rostro.

—No te hagas la inocente conmigo. Ese papel de víctima no te queda.

—¡Hable de una vez! —gritó Grace, perdiendo la paciencia, mientras un temblor incontrolable se apoderaba de sus manos—. ¿Qué le pasa a Dominic?

La anciana se enderezó, disfrutando por un segundo del pánico genuino que veía en los ojos de Grace. Si era una actuación, era perfecta, pero el odio de Charlotte no le permitía darle el beneficio de la duda.

—No finjas que no lo sabes —sentenció la anciana con crueldad—. Y si de verdad no lo sabes, averígualo por tu cuenta. Quizás mañana mi nieto ya no esté en este mundo, pero no cantes victoria. Tú no te quedarás con lo mío. Sin Dominic, quedas totalmente desprotegida. Te voy a arrancar de esta silla antes de que su cuerpo se enfríe. —Se dio la vuelta y salió de la oficina.

Grace no escuchó la última amenaza. Se dejó caer en su asiento, sus ojos se llenaron de lágrimas. Las piezas empezaron a encajar con una crueldad insoportable: sus ausencias, como había renunciado a ella sin luchar, esa forma de hablar como si se estuviera despidiendo.

—¡No puede ser! ¿Por qué te quedaste callado?

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La amante despreciada del CEO