Grace salió de su oficina como un torbellino, con el rostro desencajado y la respiración errática.
—¡Cancele todas mis citas! —le gritó a su secretaria sin detenerse, mientras pulsaba el botón del ascensor con desesperación.
Con las manos temblorosas, marcó el número de Maxwell. Le tomó tres intentos antes de lograr conectar la llamada.
—¿Grace? —la voz de Maxwell sonó agitada al otro lado—. ¿Qué ocurre? Te noto alterada.
—¿Dominic está con ustedes? —soltó ella, ignorando su pregunta.
—Sí, aquí está, estamos terminando de instalar a Arthur. ¿Pasó algo en la empresa?
—Dile que lo espero en su apartamento en una hora. No acepto un no por respuesta. Dile que es de vida o muerte —sentenció ella y colgó antes de que él pudiera indagar más.
Se subió al auto y le ordenó al chofer que volara hacia la clínica. Durante el trayecto, Grace no pudo dejar de mover la pierna; las palabras de Charlotte repicaban en su cabeza como un mazo sangriento. Al llegar, entró por inercia, caminando como una loca por los pasillos blancos que de pronto le parecieron asfixiantes. Ignoró a las enfermeras y los avisos de silencio, buscando un solo nombre: Christopher Duque. Sabía que él era el amigo íntimo de Dominic y, lo más importante, era uno de los mejores neurocirujanos del planeta.
Tras dar vueltas frenéticas, encontró la placa en una puerta de madera al final del pasillo de especialistas. Sin llamar, Grace entró de golpe, haciendo que el doctor Duque levantara la vista de un expediente con sorpresa.
—¿Grace? Pero qué...
—Dime la verdad, Christopher —lo interrumpió ella, acercándose al escritorio con los ojos inyectados en pánico y una angustia que le desgarraba la voz—. No me mientas, porque no me voy a ir de aquí hasta que hables. ¿Dominic se está muriendo? ¿Tiene un tumor inoperable?
El doctor Duque dejó el bolígrafo sobre la mesa y guardó silencio un segundo, un silencio que a Grace le supo a sentencia de muerte. Su expresión cambió de la sorpresa a una pesadez profesional cargada de lástima.
—Él me pidió que no le dijera a nadie, Grace. Especialmente a ti —susurró el médico.
—¡Me importa un bledo lo que él pidió! —estalló ella, y esta vez las lágrimas empezaron a correr sin control—. Su abuela me lo gritó en la cara... me dijo que se está muriendo. ¡Dímelo ya, Christopher! ¡Tengo derecho a saber qué le pasa al hombre que amo!
Christopher suspiró profundamente y se quitó las gafas, frotándose el puente de la nariz. No podía seguir ocultándole la verdad ante ese nivel de desesperación.
—Es un glioma de alto grado, Grace. Está en una zona donde no podemos entrar sin causar un daño irreversible inmediato. Dominic ha estado rechazando los tratamientos más agresivos para poder... para poder pasar el tiempo que le queda poniendo sus asuntos en orden y estando cerca de ustedes. Lo siento mucho. No le queda mucho tiempo.
Grace sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Se apoyó en el escritorio para no caer, mientras el diagnóstico médico terminaba de destruir la última esperanza que le quedaba. Dominic no se estaba alejando por capricho; se estaba despidiendo porque la vida se le escapaba entre los dedos.
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Grace negó con la cabeza, queriendo borrar sus palabras, pero él continuó, con la voz cada vez más rota.
—Además, dijiste que amabas a Maxwell. No puedo ser egoísta contigo, no otra vez. En el pasado destruí todo lo que teníamos y me he arrepentido tanto de dejarte ir de mi vida... pero esta vez quería que fueras libre de verdad.
—¡No debiste decidir por mí! —le recriminó ella—. Si me hubieras dicho...
—¿Hubiera cambiado algo? —la interrumpió él, clavándole una mirada cargada de realismo doloroso.
—¡Lo hubiera cambiado todo! —gritó Grace, con el cuerpo sacudido por los sollozos.
Dominic dio un paso hacia ella, pero se detuvo, manteniendo una distancia que le dolía más que el tumor en su cabeza.
—No lo creo, Grace. Tienes una vida estable al lado de un buen hombre. Y aunque me pudro de celos cada vez que lo veo cerca de ti, sé que él te hará feliz. Los niños lo ven como su padre. No sientas pena por mí, por favor. No quiero que me mires así.
Grace dio un paso al frente, acortando la distancia, y lo agarró por las solapas de la chaqueta, obligándolo a ver la verdad que le quemaba el alma.
—¡Maldita sea, Dominic! ¡No siento lástima por ti! —le gritó con toda la fuerza que le quedaba en los pulmones—. ¡Yo te amo! ¡Te amo con todas las fuerzas de mi alma!

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