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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 112

Dominic sin poder contenerse más, acortó la distancia y la rodeó con sus brazos. Hundió el rostro en el hueco de su cuello y la apretó contra él con una fuerza desesperada. Sus manos se hundieron en su cabello, sosteniéndola con una intensidad que delataba cuánto la había necesitado.

—No digas eso. No me hagas esto —susurró contra su piel, con la voz rota—. Por favor, Grace.

Se separó apenas unos centímetros para mirarla a los ojos. Tenía la expresión desencajada. Sus manos, todavía temblorosas, bajaron hasta los hombros de ella.

—Es demasiado tarde para nosotros, Grace —continuó, negando con la cabeza mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas—. Si te quedas ahora, lo único que te voy a dejar son recuerdos de un hombre que se apaga. Vuelve con Maxwell, él puede darte un futuro; yo solo puedo darte una tumba. No me obligues a verte sufrir mientras me voy. No lo voy a soportar.

Grace se soltó de su agarre con un movimiento brusco y retrocedió, jadeando. Lo miró con una furia nacida del dolor y le gritó con todas sus fuerzas:

—¡Deja de decidir por mí! —Sus sollozos eran desesperados—. No te rindas, Dominic. No me digas que es el final. Busquemos una cura, vayamos a donde sea, pero no te entregues así.

Dominic bajó la cabeza y las lágrimas cayeron. Tenía los hombros hundidos, derrotado por el peso de la realidad.

—¿Qué más quisiera yo? —la voz le salió en un hilo—. Daría todo por vivir una eternidad a tu lado, por ver crecer a mis hijos paso a paso, pero no se puede, Grace. Los médicos han sido claros. No hay salida.

Grace dio un paso al frente y lo tomó del rostro con ambas manos, obligándolo a sostenerle la mirada. Estaba temblando, pero sus ojos ardían con una determinación salvaje.

—Mírame, Dominic Pierce. Tú jamás te das por vencido. Te conozco. Siempre luchas, siempre encuentras una forma. ¿Por qué vas a dejar de pelear ahora que nos tienes de vuelta?

—Porque no quiero causarles más sufrimiento —respondió él, rompiéndose—. No quiero que Derek y Doménica me vean convertirme en un cadáver. No quiero que tú pases tus días en un hospital viéndome desaparecer.

—Si de verdad nos amas, luchemos juntos —sentenció Grace, apretando sus mejillas—. No nos quites la oportunidad de pelear por ti. Y si al final del camino pasa lo inevitable... si la medicina no alcanza, al menos mis hijos te recordarán como aquel que no se dio por vencido, como un guerrero. No como el padre ausente que huyó para morir solo. Y yo... yo siempre te llevaré en mi corazón, pero quiero llevarme el recuerdo de que lo intentamos todo.

Dominic la miró, desarmado. El miedo y la culpa que lo habían mantenido callado se disolvieron ante la entrega de Grace. Ya no pudo más. Se lanzó hacia ella y la besó con una desesperación angustiante, buscando su boca como si ella fuera la cura para su dolencia.

Grace respondió al beso de inmediato, aferrándose a su nuca, mezclando sus lágrimas con las de él. Era un beso cargado de dolor, de un amor que se sabía al borde del abismo, pero que se negaba a soltar la mano del otro. Se besaron con urgencia, con el miedo latente de que cada segundo fuera el último, aferrados el uno al otro en medio de la sala en silencio.

****

En la sala del apartamento, Maxwell estaba sentado en el suelo de madera impecable junto a Arthur. El niño, todavía con su mascarilla puesta, sostenía un pequeño coche de juguete mientras Maxwell le explicaba con paciencia cómo funcionaba la pista que acababan de armar directamente sobre la superficie pulida.

—Mira, campeón. Si lo lanzas desde aquí con fuerza, dará la vuelta completa —dijo Maxwell, su voz sonaba inusualmente suave.

Arthur lo intentó y soltó una risita cuando el coche salió disparado.

—¡Lo hice, Maxwell! —exclamó el pequeño, girándose para verlo con los ojos brillantes—. Gracias por jugar conmigo. Mi mamá dice que eres un gran hombre.

Maxwell sintió una punzada de ternura y culpa a la vez. Extendió la mano y le despeinó el cabello con cuidado.

Maxwell se acercó por detrás, acortando la distancia hasta que pudo sentir el calor de su cuerpo.

—Nadie nace sabiendo cocinar, Sarah —dijo él, bajando la voz—. Y menos alguien como tú, que siempre lo ha tenido todo.

—Quiero ser útil para él, Maxwell. Quiero que sienta que esto es un hogar —respondió ella, girándose para enfrentarlo.

Quedaron a escasos centímetros. Maxwell levantó la mano y, con el pulgar, le limpió la mancha de la mejilla con una lentitud deliberada. Sarah no se apartó; su respiración se aceleró y sus ojos se clavaron en los de él. La tensión entre ambos creció. El aire parecía vibrar mientras Maxwell acunaba su rostro, inclinándose apenas un poco hacia ella.

—Déjame ayudarte —susurró él, su aliento rozó los labios de Sarah.

Ella cerró los ojos, entregándose al momento, pero justo cuando sus labios estaban a punto de rozarse, la voz de Arthur llegó desde la sala.

—¡Mamá! ¿Dónde está mi papá Dominic? Dijo que vendría rápido.

El hechizo se rompió al instante. Sarah se apartó con brusquedad, parpadeando para recuperar la realidad, mientras Maxwell soltaba un suspiro pesado, bajando la mano con frustración contenida.

—Ya debe estar por llegar, cariño —respondió Sarah con la voz temblorosa, evitando mirar a Maxwell a los ojos.

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