Maxwell terminó de leer la última página del cuento, bajando la voz hasta convertirla en un susurro rítmico. Arthur se removía inquieto entre las sábanas, abriendo los ojos de vez en cuando para mirar hacia la puerta.
—¿Por qué no ha llegado mi papá Dominic? —preguntó el niño con voz somnolienta.
—Se entretuvo con unos asuntos, campeón, pero ya vendrá —mintió Maxwell, acomodándole la manta—. Duerme ya. Mañana será un gran día.
Esperó a que la respiración del pequeño se volviera pesada y profunda antes de levantarse con cuidado. Al salir a la sala, encontró a Sarah caminando de un lado a otro, con la mirada clavada en la entrada.
—Es raro que Dominic no haya llegado —soltó ella en cuanto lo vio—. ¿Crees que siga con Grace?
Maxwell se tensó de inmediato. El nombre de Grace en labios de Sarah siempre le provocaba una punzada de amargura.
—¿Y te importa mucho que esté con ella? —preguntó él, con un tono cargado de sospecha.
Sarah se detuvo en seco y lo miró con fastidio, apretando los puños.
—¿Vas a empezar con lo mismo? —le espetó ella, molesta—. Sabes exactamente por qué me preocupa Dominic. Yo los escuché, Maxwell. Sé que está enfermo, sé lo que está pasando aunque él intente ocultarlo.
Maxwell abrió la boca para responder, pero el sonido estridente de su teléfono cortó el aire. Miró la pantalla: era Grace. Al contestar, no hubo palabras, solo el sonido de un llanto desgarrador que le heló la sangre.
—¿Grace? ¿Qué pasa? —Maxwell se puso en guardia, su mente voló de inmediato a los niños—. ¿Les pasó algo a Doménica o a Derek? ¡Habla, Grace!
—Es Dominic... —logró articular ella entre sollozos ahogados—. Estoy en el hospital. No reacciona, Maxwell... simplemente se desvaneció.
—Salgo para allá ahora mismo —sentenció él con firmeza.
Cortó la llamada y se quedó un segundo mirando el vacío, procesando la gravedad de la situación.
—¿Qué ocurre? —preguntó Sarah, acercándose a él con el rostro pálido.
—Es Dominic. Está en el hospital —respondió Maxwell mientras tomaba las llaves de su auto.
Sarah se llevó las manos a la boca, ahogando un grito. Sus ojos se llenaron de lágrimas instantáneamente.
—¿Qué? No... no puede ser —susurró ella, temblando—. Por favor, Maxwell, avísame en cuanto sepas algo. ¡No me dejes sin noticias!
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En el hospital, Christopher Duque no esperaba a que las camillas se detuvieran; corría a la par de los enfermeros mientras Dominic era ingresado de urgencia a la sala de imagenología.
Chris seguía mirando las placas, negando con la cabeza. Sus colegas murmuraban a su espalda, pero él no los escuchaba.
—Chris, la densidad no coincide —insistió uno de los médicos—. Lo que tiene no es un tumor sólido. Parece una acumulación severa de líquido, una inflamación que está comprimiendo el tallo cerebral. Hay que drenar.
—¡No! —rugió Chris, golpeando la mesa—. No voy a meter un catéter en el cerebro de Dominic basándome en una suposición. Si nos equivocamos y hay una masa oculta bajo esa inflamación, lo mato en la mesa. No podemos volver a cometer el mismo error que el imbécil que cargó los exámenes anteriores.
Chris se giró hacia el residente, que temblaba.
—¡Llévenlo de inmediato a una resonancia de espectroscopia! —ordenó Chris—. Quiero ver la composición química de esa mancha. Si no hay marcadores tumorales, entonces es líquido. Y mientras lo hacen, preparen una punción para medir la presión intracraneal.
Chris salió al pasillo, donde Grace lo abordó desesperada. Él la tomó por los hombros, pero no con alivio, sino con una seriedad profesional extrema.
—Grace, escúchame. Los resultados actuales no concuerdan con el diagnóstico del tumor. Parece que hubo una confusión de exámenes o una inflamación masiva que simuló ser una masa.
—¿Entonces no se está muriendo? —preguntó ella con un hilo de voz, y una mirada llena de esperanza.
—No lo sé todavía —respondió Chris con crudeza—. Si entro ahora a quirófano y me equivoco, Dominic no despierta. Voy a hacerle una última prueba definitiva. Si confirmo que es líquido, lo salvamos. Pero si es el tumor y ha sangrado, el pronóstico es devastador y debes prepararte para lo peor. Dame veinte minutos.
Chris se alejó a pasos rápidos hacia el área de imagenología, dejando a Grace en medio del pasillo, balanceándose entre la esperanza más pura y el terror más absoluto.

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