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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 115

Chris regresó a la estación de enfermería como un huracán. Arrebató la tableta de las manos del residente y empezó a filtrar la base de datos de los pacientes ingresados el día del primer diagnóstico.

—Aquí está... —susurró Chris, y su voz se volvió peligrosamente baja—. No puede ser verdad.

En la pantalla aparecieron dos perfiles. El de su amigo, Dominic Pierce, y justo debajo, el de un hombre ingresado por un traumatismo craneal severo tras un accidente: Dominico Pierse.

—¡Malditos incompetentes! —rugió Chris, golpeando el mostrador con el puño—. ¡Confundieron los expedientes por una letra! ¡Le dieron a Dominic el diagnóstico de un hombre que tenía el cerebro destrozado por un impacto, no por un tumor!

Chris se giró hacia sus colegas, con los ojos encendidos.

—Dominic no tiene un glioma. Lo que vimos en las placas anteriores era la masa tumoral de este tal Dominico Pierse. Lo que Dominic tiene ahora es una hidrocefalia obstructiva secundaria a una inflamación que nunca tratamos porque pensamos que se estaba muriendo. El desmayo y la ceguera son por la presión del líquido, no por cáncer.

Chris no esperó respuesta. Salió corriendo hacia el área de preparación, gritando órdenes a todo pulmón.

—¡Preparen una válvula de derivación ventricular externa! ¡Si drenamos esa presión ahora mismo, Dominic va a despertar!

****

Grace se mantenía encogida en el asiento, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos. Sus labios se movían en un susurro inaudible, una súplica desesperada a Dios pidiendo que todo fuera una confusión, que el destino no fuera tan cruel de arrebatarle a Dominic justo cuando habían decidido luchar.

El sonido de unos pasos rápidos la hizo levantar la vista. Maxwell se detuvo frente a ella, con la respiración agitada y la preocupación marcada en el rostro.

—¿Cómo está? —preguntó él de inmediato, poniéndose a su altura.

Grace negó con la cabeza, dejando que una nueva oleada de lágrimas rodara por sus mejillas.

—Se lo llevaron a quirófano, Maxwell —logró articular con la voz rota—. Chris entró corriendo. Hay esperanza de que tenga un diagnóstico favorable... pero también de que no vuelva a abrir los ojos. No sé qué está pasando allá adentro.

Se cubrió el rostro con las manos, sollozando con una angustia que le sacudía todo el cuerpo. Maxwell, a pesar de la tormenta de sentimientos que bullía en su interior, se sentó a su lado y la rodeó con sus brazos, ofreciéndole el único apoyo firme que ella tenía en ese momento.

—Tranquila —le dijo Maxwell con voz grave y segura, tratando de transmitirle una calma que él mismo apenas sentía—. Pierce siempre sale bien librado de todo, Grace. Vas a ver que sí.

La estrechó más contra él, dejando que ella descargara su llanto en su hombro.

—Ese tipo es capaz de hacerle una de sus brillantes jugadas al mismísimo Dios para quedarse aquí —continuó Maxwell, forzando una pequeña sonrisa de aliento—. Ten fe. Dominic no se va a rendir tan fácil, no ahora que te tiene de vuelta.

Grace se aferró a su chaqueta, aferrándose también a sus palabras como una ancla.

****

Una hora más tarde, las puertas de la unidad quirúrgica se abrieron con un chirrido metálico. Christopher salió. Grace corrió hacia él, interceptándolo antes de que pudiera dar un paso más.

—¿Cómo está? —le gritó, tomándolo por los brazos con desesperación—. ¡Dime que sobrevivió, Chris!

Christopher soltó un suspiro largo, entre el alivio y la rabia contenida. Negó con la cabeza mientras se limpiaba la frente.

—¿Puedo verlo? Solo un momento, por favor —rogó con un hilo de voz.

Chris consultó su reloj y luego la miró con una mezcla de cansancio y compasión.

—Está dormido por la sedación, Grace, pero sus signos son estables. Tienes cinco minutos. No más —advirtió, abriéndole paso hacia la unidad de cuidados intensivos.

Grace entró en la habitación con el corazón agitado. El sonido rítmico de los monitores y el olor a desinfectante la envolvieron de inmediato. Se acercó a la cama con pasos lentos, como si tuviera miedo de romper el silencio. Al ver a Dominic tan pálido, con la cabeza vendada y rodeado de cables, sintió que el alma se le encogía.

Se sentó al borde de la cama y tomó su mano, que se sentía fría y pesada. La llevó a sus labios y le dio un beso suave antes de acercarse a su oído.

—Dominic, mi amor, soy yo —susurró, y las lágrimas volvieron a brotar sin control—. Tienes que despertar. Chris dice que no hay tumor, que todo fue un error horrible. No te vas a morir, ¿me escuchas? Tienes una vida entera por delante con nosotros.

Le acarició el rostro con la punta de los dedos, memorizando cada facción como si fuera la primera vez que lo veía.

—Te amo tanto. Por favor, vuelve a mí. Solo quiero que todo sea mejor que antes, que podamos ser esa familia que siempre soñamos ahora que finalmente tenemos la oportunidad. No me dejes sola ahora que el camino está despejado.

Grace se inclinó y lo besó en los labios. Fue un beso casto pero cargado de una promesa de eternidad, un intento desesperado de transmitirle su propia vida a través de ese contacto. Se quedó un segundo más con la frente apoyada en la de él, respirando su mismo aire.

—Despierta, por favor —repitió por última vez.

Con un esfuerzo sobrehumano, soltó su mano y se puso en pie. Limpió sus lágrimas con el dorso de la mano y, tras lanzarle una última mirada llena de esperanza y dolor, salió de la habitación para encontrarse de nuevo con la fría realidad del pasillo.

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