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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 116

Horas después. Christopher se asomó al pasillo y le hizo una seña a Grace. Su rostro, aunque cansado, reflejaba una calma profesional que ella interpretó como la señal que estaba esperando.

—Estamos listos, Grace —susurró él—. He retirado la sedación casi por completo. En breve abrirá los ojos.

Grace sintió que las piernas le pesaban una tonelada mientras cruzaba el umbral de la habitación. El pitido del monitor cardíaco era lo único que llenaba el silencio. Se acercó a la cama, con las manos entrelazadas contra el pecho, observando cómo los párpados de Dominic temblaban. Él soltó un quejido ronco, una lucha interna por regresar de la oscuridad, hasta que finalmente sus ojos se abrieron.

Dominic parpadeó varias veces, aturdido por la luz blanca del techo. Grace se inclinó sobre él, con el corazón martilleándole en la garganta y una sonrisa temblorosa asomando en sus labios.

—¿Dominic? —susurró ella, buscando desesperadamente su mirada.

Él giró la cabeza con lentitud sobre la almohada. Sus ojos, antes llenos de fuego y determinación, se veían vacíos, nublados por la confusión. Recorrió el rostro de Grace de arriba abajo, deteniéndose en sus facciones como si estuviera analizando un mapa desconocido. No hubo reconocimiento, ni alivio, ni amor. Solo una distancia gélida que congeló la sangre de Grace.

—¿Quién... quién es usted? —logró articular él con una voz pastosa y quebrada.

Grace sintió que el mundo se detenía. El aire se le escapó de los pulmones y dio un paso atrás, llevándose las manos a la boca para ahogar un grito. La idea de que el tumor —o lo que fuera aquella presión— le hubiera robado los recuerdos la golpeó con más fuerza que cualquier diagnóstico previo. Estaba vivo, pero si no la recordaba, lo había perdido para siempre.

—Dominic... soy yo —balbuceó ella, con las lágrimas desbordándose—. Soy Grace. Por favor... mírame bien.

Él arrugó la frente, cerrando los ojos con fuerza como si un dolor agudo lo atravesara. El monitor cardíaco empezó a pitar con más rapidez, reflejando su agitación. Grace se quedó allí, completamente pálida y con el corazón fragmentado.

****

Dustin Pierce estaba en su apartamento, rodeado de la opulencia que tanto le costaba mantener, cuando su teléfono personal vibró con una insistencia frenética. Al ver el nombre en la pantalla, se tensó.

—¿Qué quieres? Te dije que no me llamaras a esta línea —gruñó Dustin, entornando los ojos.

—Señor, me descubrieron —la voz del residente al otro lado de la línea sonaba quebrada, al borde del colapso—. Descubrieron lo que hice ese día que trajeron a su primo por esa herida en la cabeza. Yo no puedo perder mi residencia, Dustin. Usted me prometió que me ayudaría si algo salía mal, me dio su palabra de que mi carrera estaba a salvo.

Dustin sintió un vuelco en el estómago, pero su expresión no flaqueó. La rabia empezó a suplantar al temor.

—¿Cómo demonios lo descubrieron? —rugió en un susurro violento—. ¿Acaso abriste la boca? ¿Dijiste algo? Me dieron buenas recomendaciones tuyas, y me sales con esto.

—¡No! —chilló el residente—. Su primo llegó grave, casi muriendo. El imbécil del doctor sabelotodo Duque no se quedó conforme y le hizo nuevas pruebas personales. Se dieron cuenta del error al comparar las placas, vieron que los resultados no coincidían con el historial. ¡Duque está como un loco buscando culpables!

Dustin soltó un resoplido cargado de odio, apretando los dientes tanto que le dolió la mandíbula. El plan era perfecto: un diagnóstico de muerte, una herencia que caería en sus manos y un primo que por orgullo se rendiría sin pelear.

—¿Y qué pasó con Dominic? —preguntó Dustin, con una frialdad inhumana—. ¿Murió?

—No... —respondió el joven, tragando saliva—. Le drenaron el líquido que tenía en el cerebro, la cirugía fue un éxito en ese sentido. Pero parece que hubo consecuencias graves.

Dustin golpeó el escritorio con el puño, haciendo saltar los papeles.

Christopher se acercó a la cama con una tableta en la mano, observando los monitores antes de fijar la vista en su amigo.

—Dominic, voy a hacerte unas preguntas y a examinarte —anunció Chris con tono profesional—. Necesito asegurarme de que tus funciones motoras y tus recuerdos están intactos.

Dominic soltó un bufido débil y lo miró con esa chispa de arrogancia que siempre lo había caracterizado.

—Si lo que quieres saber es si estoy demente, la respuesta es no —respondió con voz ronca pero firme—. Lo recuerdo todo. Y creo que mis funciones motoras están bien; siento las manos, las piernas y veo con claridad. ¿Qué ocurrió exactamente? ¿Me operaste el tumor?

Grace se adelantó, sentándose al borde de la cama, y le explicó con suavidad el error del diagnóstico, el intercambio de placas y la inflamación que casi lo mata. Dominic escuchó en silencio, con la mandíbula apretada y una sombra de sospecha cruzándole el rostro.

—¿Me estás diciendo que en este hospital tan prestigioso se equivocan de esa manera? —le preguntó Dominic a Chris, con una frialdad cortante.

—No suele pasar —admitió Chris, frotándose la nuca—. Pero el otro paciente era prácticamente tu homónimo, Dominic. Se llamaba Dominico Pierse. Fue una confusión de una letra.

—Esto es muy extraño —murmuró Dominic, quedándose pensativo un momento—. Quiero pedirles algo. Quiero que hagamos creer a todo el mundo que he perdido por completo la memoria.

Grace frunció el ceño, desconcertada.

—¿Para qué, Dominic? ¿Qué sentido tiene eso ahora?

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