La voz pequeña y temblorosa los hizo saltar. Arthur estaba parado en el marco de la puerta de la cocina, pálido como la cera, con un soldado de plástico apretado en su mano. Sus ojos saltaban de Maxwell a Sarah con un terror puro.
—¿Tú eres mi papá? —repitió el niño, y sus labios empezaron a ponerse azules—. ¿Y mi papá Dominic? ¿Él no es mi papá?
—Arthur, no es así, todo tiene una explicación —suplicó Sarah, lanzándose hacia él.
Pero el daño estaba hecho. El sistema de Arthur, que apenas estaba tomando fuerzas, reaccionó ante el violento pico de cortisol y estrés. El niño empezó a jadear, buscando un aire que no llegaba a sus pulmones, y sus ojos se pusieron en blanco.
—¡Arthur! —gritó Maxwell, atrapándolo justo antes de que se desplomara.
El pequeño estaba ardiendo en fiebre en cuestión de segundos. Su cuerpo comenzó a temblar, una reacción ante el choque emocional que amenazaba con provocar un rechazo o una complicación severa ahora que su médula estaba tan sensible.
—¡Está hirviendo, Sarah! ¡La fiebre está subiendo demasiado rápido! —rugió Maxwell, cargándolo con una desesperación que le desgarraba el alma.
—¡No, no ahora! ¡Sus defensas todavía no están listas! —chilló Sarah, buscando el teléfono con manos temblorosas—. ¡Si tiene una infección por el estrés, lo vamos a perder!
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La abuela irrumpió en el piso del hospital como una ráfaga de veneno, seguida de cerca por Dustin. En cuanto divisó a Grace cerca de la estación de enfermería, sus ojos se encendieron con un odio visceral.
—¡Tú! —rugió Charlotte, haciendo que el personal médico se quedara petrificado—. ¡No creas que te vas a aprovechar de la situación de mi nieto, arribista!
La anciana levantó la mano, cegada por la furia, lista para descargar una bofetada sobre el rostro de Grace. Pero, antes de que el golpe aterrizara, Grace le atrapó la muñeca en el aire con una fuerza que dejó a Charlotte inmóvil.
—No se atreva —sentenció Grace con la voz gélida, sosteniendo la mirada de la matriarca sin pestañear—. Y si viene en esa actitud, es mejor que se largue ahora mismo.
—¡¿Cómo te atreves a hablarle así a mi abuela?! —intervino Dustin, dando un paso al frente con el rostro desencajado por la indignación fingida.
Grace soltó el brazo de la anciana con un desprecio evidente y se giró hacia él.
—Mira, buitre —le soltó Grace, clavándole los ojos—, sé perfectamente que no viniste porque te interese la salud de Dominic. Viniste a oler la sangre, a saber si podrás quedarte con la empresa ahora que él es vulnerable.
—¡Pues Dustin es un Pierce y tiene derecho! —gritó Charlotte, recuperando el aliento y apoyándose con fuerza en su bastón.
—Y mis hijos también son Pierce —respondió Grace, tajante—. Pero eso es lo de menos ahora. Si quieren la empresa, ahí la tienen, quédense con ella, pero a Dominic no lo van a alterar. Él es mi prioridad.
—¡¿Qué pasa aquí?! ¡Esto es un hospital! —la voz de Christopher tronó en el pasillo mientras salía de la unidad de cuidados intensivos, con el rostro serio.
—¡Quiero saber de mi nieto! —le exigió Charlotte, señalando a Grace—. ¡Quiero saber qué le hizo esta mujer!
Chris se detuvo frente a la anciana, cruzándose de brazos con una expresión de absoluto hartazgo.
—Esta mujer le salvó la vida, señora Pierce —soltó Chris con una dureza que hizo retroceder a Charlotte—. Si Dominic hubiera estado solo, habría muerto. Si su nieto está vivo hoy es gracias a Grace. Debería estarle agradecida en lugar de atacarla.
La abuela se quedó muda, procesando el impacto de las palabras del médico, mientras Dustin apretaba los dientes con rabia.
—Ahora bien —continuó Chris, bajando el tono—, la situación con Dominic es complicada. La cirugía fue un éxito, pero ha perdido por completo la memoria.
Sarah asintió, agradecida de no tener que enfrentar esa conversación sola.
—Vamos entonces —dijo ella, tomando su bolso—. No podemos perder ni un minuto. Arthur va a despertar pronto y tenemos que estar listos para lo que venga.
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Charlotte Pierce entró en la habitación transformando su furia en una máscara de angustia maternal. Caminó hacia la cama con los brazos extendidos, sus ojos fijos en Dominic con una devoción que parecía genuina.
—Hijo, mi Dominic... mi niño —exclamó con la voz temblorosa, ignorando por completo la presencia de Grace—. Aquí estoy, ya no tienes de qué preocuparte.
Dominic la miró directamente a los ojos. No hubo calidez en su expresión, solo una distancia fría y desconcertante. Parpadeó con lentitud, como si estuviera tratando de procesar un idioma extranjero.
—¿Disculpe, señora? —preguntó con voz neutra—. ¿Quién es usted?
Charlotte se detuvo en seco, llevándose una mano al pecho como si hubiera recibido una puñalada.
—¿No me reconoces? —susurró, con el rostro desencajado—. Soy tu abuela, Charlotte. La mujer que te crio desde niño, Dominic. La que estuvo ahí para ti desde que la zorra de tu madre los abandonó a tu padre y a ti.
Al mencionar a su madre, la mirada de Dominic se oscureció por un instante. Un destello de rabia pura cruzó sus pupilas, pero lo sofocó de inmediato, recordándose que debía mantener el papel. No podía permitir que una fibra de su pasado se asomara.
—No... yo no la conozco —respondió, forzando un tono de confusión—. Mi madre... ¿quién es? ¿En dónde está ella? ¿Por qué dice eso?

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