El siseo del nebulizador finalmente se detuvo, dejando en silencio la habitación del hospital. Sarah le retiró la máscara de plástico a Arthur con cuidado y le limpió el rastro de humedad en las mejillas. El niño dio una bocanada de aire profunda, todavía con los hombros tensos.
—Ya está todo listo, podemos ir a casa —avisó Dominic, rompiendo el silencio desde la puerta.
Se acercó para tomar la mochila del niño. Sarah no le respondió; se concentró en abotonar el cárdigan de Arthur con una delicadeza absoluta. Ella amaba a ese niño por encima de todo, pero cada vez que sus manos rozaban la piel pálida de su hijo, su resentimiento hacia Dominic crecía. Para ella, la fragilidad de Arthur era la factura que el destino le estaba cobrando por los pecados de su marido, aunque quizás también era el karma que la perseguía y no quería aceptar.
Subieron al auto. Dominic se sentó junto a la ventanilla, mientras Arthur quedaba en medio de sus padres. El chofer arrancó con suavidad. Arthur miraba los edificios pasar, con su pequeña mano entrelazada con la de Sarah.
—Papá... —susurró el niño, con la voz débil—. ¿Por qué yo siempre me enfermo y los otros niños de la escuela no?
Dominic sintió un tajo en el pecho. La culpa le quemó las entrañas. Se obligó a mirarlo, pero las palabras se le atascaron en la garganta.
—Es porque eres un niño especial, mi amor —intervino Sarah de inmediato, rodeando al pequeño con su brazo—. Eres un guerrero, y los guerreros tienen batallas que otros no entenderían. No tienes que preocuparte por los demás.
Sarah levantó la vista y clavó sus ojos en Dominic. Fue una mirada cargada de un odio silencioso, un reproche directo que decía: mira lo que tu egoísmo le hizo a nuestro hijo. Dominic desvió la vista hacia el frente, sintiéndose un extraño en su propia familia.
Llegaron a la mansión. Charlotte los recibió en el vestíbulo con una caricia breve en la frente de Arthur antes de que la niñera se lo llevara a descansar. Dominic no esperó a que Sarah subiera; se refugió en su despacho. Necesitaba el control que no tenía en su vida personal.
Apenas cerró la puerta, su jefe de operaciones llamó, agitado.
—Señor, tenemos una crisis con la terminal del Pacífico. Estamos a un mes de la inauguración y acaban de bloquear el acceso principal.
—¿De qué hablas? —preguntó Dominic, sintiendo que la presión en su pecho aumentaba.
—Los terrenos baldíos que rodean la entrada... han sido comprados por un tercero. El nuevo dueño ha revocado nuestro derecho de paso. Legalmente, no podemos meter ni un camión a la terminal. Estamos bloqueados.
Dominic se puso de pie, golpeando el escritorio con el puño.
—Averigüe quién es ese dueño ahora mismo —rugió—. No me importa el precio. Esa terminal se abre el próximo mes aunque tenga que comprar toda la costa.
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Grace cruzó las puertas de cristal de Foster & Scott. El sonido de sus tacones sobre el mármol era firme y constante. Los empleados interrumpían sus tareas para verla pasar. Llevaba un traje sastre azul marino y un maletín de cuero oscuro. Su postura era rígida y no esquivaba la mirada de nadie, a diferencia de la mujer que se fue de Nueva York años atrás.
Su asistente se puso a su lado con una Tablet en la mano, tratando de mantener su ritmo de caminata.
—Buenos días, señora Foster. Tiene la revisión de presupuestos a las nueve y la reunión con el equipo de logística a las once —informó la asistente mientras revisaba la pantalla—. Los abogados confirmaron que los documentos de la licitación están listos.
Grace se detuvo frente al ventanal de su oficina. Se quitó las gafas de sol y observó el movimiento de los barcos en la bahía de San Francisco.
—¿Y los terrenos de la terminal? —preguntó Grace. Su voz era seca y directa—. ¿Ya saben en Nueva York que el acceso está bloqueado?
La asistente asintió de inmediato.
—Sí, señora. El equipo legal de Pierce Global llamó cuatro veces en la última hora. Están buscando al dueño de la empresa pantalla que ejecutó la compra. Se nota que hay mucha tensión en sus oficinas centrales. La noticia de que no podrán inaugurar el próximo mes ya está causando caos.
Grace no dijo nada por unos segundos. Una sonrisa tensa apareció en su rostro mientras seguía mirando hacia el exterior.
—No acepten ninguna oferta de sus abogados. Que sigan intentando rastrear el origen de la compra —ordenó Grace mientras caminaba hacia su escritorio—. Si Dominic Pierce cree que puede comprarlo todo, se va a llevar una sorpresa.


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