Grace entró en la sala de juntas de la corporación Pierce con la cabeza en alto y un traje impecable que gritaba autoridad. Dustin ya estaba sentado cerca de la cabecera, con una sonrisa de suficiencia que no se molestaba en ocultar, mientras Charlotte ocupaba su lugar habitual, observando todo con ojos de halcón.
Los accionistas murmuraban entre ellos, llenando el aire de una tensión eléctrica hasta que Grace ocupó su lugar.
—Buenos días a todos —empezó Grace, con voz firme y clara—. He convocado esta junta extraordinaria para informarles oficialmente sobre la situación del liderazgo de la empresa. Como saben, el CEO Dominic Pierce fue sometido a una operación de urgencia. Por este motivo, estará ausente durante unos meses para asegurar su total recuperación.
Un murmullo de preocupación recorrió la mesa. Grace no les dio tiempo a interrumpir.
—Debido a que yo también me ausentaré para supervisar personalmente su cuidado y rehabilitación, la dirección quedará en manos de Dustin Pierce. Esta decisión cuenta con el aval total de la señora Charlotte Pierce.
El estallido de protestas fue inmediato. Los accionistas más antiguos se removieron en sus asientos, intercambiando miradas de absoluta desconfianza.
—¡Esto es inaudito! —exclamó uno de los socios mayoritarios—. Dustin no tiene la experiencia ni el temple de Dominic. La estabilidad de nuestras acciones depende de una mano firme, no de un experimento familiar.
—Hacemos una advertencia formal —añadió otro—. Si los indicadores bajan un solo punto, exigiremos una junta de remoción inmediata. No vamos a permitir que el patrimonio de décadas se hunda.
Grace miró a Dustin de reojo, notando cómo se tensaba ante los ataques, y luego volvió su vista a los socios.
—El señor Dustin Pierce afirma con total seguridad que será un mejor CEO de lo que ha sido Dominic —soltó Grace, lanzando el anzuelo con una elegancia letal—. Consideramos que esta es su oportunidad de oro para demostrarlo ante todos ustedes.
Dustin se aclaró la garganta y se puso en pie, ajustándose el saco con un gesto de arrogancia que pretendía ser liderazgo.
—Señores, entiendo su escepticismo, pero les aseguro que mi visión traerá una renovación necesaria —dijo Dustin, intentando proyectar calma—. No solo mantendré el rumbo, sino que superaré las metas del último trimestre. Los resultados hablarán por mí en muy poco tiempo.
A pesar de sus palabras, los accionistas se levantaron de la mesa sin ocultar su descontento. Los rostros serios y los comentarios en voz baja dejaban claro que Dustin estaba bajo la lupa más estricta de su carrera.
Cuando la sala quedó casi vacía, Grace recogió sus documentos y se detuvo frente a Dustin, que ya se saboreaba el puesto en el despacho principal.
—Espero que no hundas la empresa, Dustin —le dijo Grace con una frialdad que le caló los huesos—. Porque si lo haces, no habrá apellido que te salve de la caída.
Sin esperar respuesta, Grace salió de la oficina con paso decidido, dejando a Dustin y a la abuela a solas con el peso de la corona que tanto habían ansiado robar.
Más tarde Dustin se recargó en el sillón de cuero que hasta hacía poco pertenecía a Dominic, disfrutando del tacto del escritorio de caoba. No perdió tiempo en marcar su territorio con una actitud autoritaria y cortante que empezó a sembrar el pánico entre los empleados desde la primera hora.
Cuando la asistente entró con una pila de carpetas y el rostro cargado de ansiedad, Dustin ni siquiera levantó la vista de su teléfono.
—Señor Pierce, estos son los pendientes urgentes de la mañana —dijo la joven, dejando los documentos sobre la mesa—. Hay decisiones operativas que no pueden esperar más.
Dustin resopló, apartando las carpetas con un gesto de fastidio.
La joven salió de la oficina negando con la cabeza.
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Grace abrió la puerta del apartamento y ayudó a Dominic a entrar. En el centro de la estancia, Doménica y Derek aguardaban con los ojos iluminados, sosteniendo con orgullo varias hojas de papel arrugadas y llenas de colores.
—¡Papá! —gritaron al unísono, corriendo hacia él.
Dominic se agachó con cuidado para recibirlos, envolviéndolos en un abrazo que, aunque cargado de un amor real que le quemaba el pecho, debía ejecutar con la distancia justa. Los niños le entregaron sus dibujos: trazos de figuras humanas con manos de palitos y soles amarillos en las esquinas, donde solo se leían sus nombres escritos con letras grandes y algo chuecas: "DEREK" y "DOMÉNICA".
—Son... son hermosos —dijo Dominic, recorriendo los dibujos con los dedos—. Pero, pequeños, ayúdenme un poco... ¿Cómo se llaman ustedes?
Los niños se detuvieron en seco, mirándolo con una mezcla de asombro y tristeza. Doménica le tomó la cara con sus manos pequeñas.
—Yo soy Doménica, papá. ¿De verdad no te acuerdas de mi nombre? —preguntó con un hilo de voz.
—Y yo soy Derek —añadió el niño, frunciendo el ceño—. ¿Por qué no te acuerdas? ¿Te duele mucho la cabeza?

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