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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 123

Dominic los miró con una ternura infinita, sentándolos a su lado en el sofá mientras Grace observaba la escena apoyada en el marco de la puerta, con el corazón encogido.

—Verán, campeones —explicó Dominic con voz suave—, en el hospital me hicieron una operación y mi memoria se quedó un poco dormida. Es como si algunos libros de mi cabeza se hubieran caído de los estantes y ahora tengo que volver a ordenarlos. Pero sus nombres son muy bonitos, no creo que se me vuelvan a olvidar.

—Entonces... ¿vas a vivir desde ahora con nosotros? —preguntó Derek, aferrándose a su brazo.

—Sí, claro... si a ustedes no les importa que me quede —respondió Dominic, mirando a Grace de reojo.

—¡Sí! ¡Estamos muy felices! —exclamó Doménica, aunque su sonrisa se apagó un poco al recordar algo—. Pero... vamos a extrañar mucho a papá Maxwell.

Dominic se tensó imperceptiblemente al escuchar el nombre.

—Él recogió sus cosas esta mañana y se fue del apartamento —continuó Derek, bajando la mirada—. Dijo que ahora tú nos necesitabas más.

Dominic apretó la mano de los niños, sintiendo el peso del sacrificio que Maxwell estaba haciendo. Por un lado, sentía el triunfo de recuperar su lugar, pero por otro, el dolor de sus hijos le recordaba que, en esta red de mentiras todos habían perdido algo valioso.

—Maxwell es un buen hombre —logró decir Dominic, mirando a Grace con una seriedad profunda—. Pero yo estoy aquí ahora, y no me voy a volver a ir.

****

Maxwell cerró la puerta del nuevo apartamento con un suspiro de pesadez. Había elegido ese mismo edificio no por acoso, sino por la necesidad visceral de estar cerca en caso de una emergencia con Arthur. Sabía que el camino para recuperar la confianza de Sarah sería largo; las cicatrices de sus humillaciones y el maltrato emocional que le propinó estaban demasiado frescas.

Con una bolsa llena de alimentos permitidos por el nutricionista, Maxwell llamó a la puerta de Sarah. Cuando ella abrió, el corazón se le estrujó. Sarah tenía ojeras profundas y la piel pálida; el agotamiento de los días en oncología finalmente le estaba pasando factura.

—Debes descansar, Sarah —le dijo Maxwell con un tono suave, evitando ser invasivo—. Yo puedo cuidar a Arthur esta tarde. Traje algunas cosas que puede comer.

Sarah lo miró con indecisión, apoyada en el marco de la puerta.

—¿Estás seguro? Es mucha responsabilidad, sus horarios son estrictos...

—Claro que estoy seguro. Tengo aquí en mi móvil el horario de sus medicinas —le mostró la pantalla con los recordatorios programados—. Tranquila. Ve a dormir un poco, yo me encargo de todo.

Sarah asintió con un rastro de gratitud en la mirada y se retiró a su alcoba sin decir más, vencida por el sueño. Maxwell se colocó la mascarilla, se desinfectó las manos y entró con paso silencioso a la habitación del niño.

Arthur estaba recostado entre varias almohadas, con la mirada fija en el televisor.

—Dice que fue operado de urgencia y que ha perdido la memoria por completo —continuó el informante—. No reconoce a nadie. Los médicos confirman una amnesia global.

La mujer levantó la vista, con los ojos brillando bajo la luz de las lámparas, asimilando la magnitud de la noticia.

—¿En serio? —preguntó, sintiendo que el corazón se le agitaba—. ¿Entonces no recuerda absolutamente nada?

—Nada. Según el informe médico, su pasado es una hoja en blanco en este momento. No tiene recuerdos de quién es ni de quiénes marcaron su vida.

Ella cerró la carpeta con un golpe seco y caminó hacia el escritorio, dejando su copa de vino sobre la superficie. La determinación en su rostro era absoluta; parecía que el destino le abría las puertas a una oportunidad.

—Entonces esta es mi oportunidad para recuperarlo —sentenció con una voz firme—. Si su mente está vacía, yo puedo encargarme de volver a llenarla. Es el momento de volver y acercarme a él antes de que nos vuelvan a separar.

—¿Cuándo quiere salir? —preguntó el hombre.

—Prepara todo para esta semana—ordenó ella, mirando su reflejo en el cristal con una mirada gélida—. Dominic no tiene pasado, y eso significa que puedo reescribir nuestra historia a mi manera.

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