En menos de una semana, el caos en la corporación Pierce era absoluto. Dustin, en su afán de demostrar poder, había firmado contratos sin leer las letras pequeñas y reintegrado a los directores que habían renunciado en masa anteriormente. Estos hombres, aunque no eran corruptos, se habían dejado envolver nuevamente por las promesas de Dustin, pero ahora se encontraban de manos atadas ante la ineptitud de su nuevo jefe. Las acciones empezaron a caer en picada y los socios mayoritarios bombardeaban la recepción con llamadas cargadas de amenazas legales.
Acorralado por una crisis que lo superaba y viendo cómo los directores no podían resolver el desastre administrativo que él mismo provocó, Dustin tuvo que tragarse su orgullo. Con las manos temblorosas, marcó el número de Grace.
—Grace, por favor, necesito que vengas a la oficina ahora mismo —soltó Dustin en cuanto ella atendió, su voz despojada de toda la arrogancia de los días anteriores—. Hay un problema con el fondo de inversión y los directores están bloqueando las decisiones operativas porque temen por su responsabilidad legal. No sé cómo destrabar esto, el sistema se está cayendo.
Grace, que estaba en la estancia del apartamento supervisando a los niños, esbozó una sonrisa fría mientras escuchaba el pánico al otro lado de la línea.
—Disculpa, Dustin, pero tú eres el CEO —respondió ella con una calma exasperante—. Tú eres el que da las órdenes ahora, ¿no? Yo estoy bajo mi licencia, cuidando de Dominic.
—¡Grace, te lo suplico! —gritó él, olvidándose por un segundo de las apariencias—. Haré lo que sea, lo que me pidas, pero por favor, ven a salvar este desastre antes de que los accionistas me linchen. No entiendo estos contratos, todo es un caos.
—Lo siento, Dustin. No puedo ayudarte. Tienes lo que querías, ahora manéjalo tú solo.
Grace colgó sin esperar respuesta y regresó al sofá, donde Dominic la observaba con una expresión de calculada satisfacción, aunque sus ojos brillaban con la inteligencia de siempre.
—Bien, está acorralado —comentó Dominic, cruzándose de brazos—. Veremos con qué sale ahora que siente el agua al cuello. El miedo lo va a obligar a cometer errores aún más grandes.
Grace se sentó a su lado, aunque no podía evitar sentir una punzada de preocupación profesional por el imperio que tanto esfuerzo costó levantar.
—¿No te da miedo que realmente hunda la empresa? —preguntó ella en voz baja—. Está de por medio Foster también, y el patrimonio de nuestros hijos. Si Dustin sigue así, podría dejar solo cenizas antes de que los quince días terminen.
Dominic estiró la mano y le acarició la mejilla, transmitiéndole una seguridad que nacía de haber previsto cada movimiento de su primo.
—Tranquila, Grace —le dijo con voz profunda y firme—. Yo sé lo que hago. He blindado lo más importante a través de fideicomisos y esto es necesario para que Charlotte entienda, de una vez por todas, que su "nieto" no es más que un parásito sin cerebro. Deja que se queme solo; solo así la abuela dejará de intentar ponerlo en mi lugar.
—¿Por qué tanta amabilidad, Maxwell? Recuerdo perfectamente que compraste las joyerías por pura venganza.
Maxwell acortó la distancia entre ellos, obligándola a sostenerle la mirada.
—Sé que te hice daño, y sí, estaba cegado. Pero tú tampoco hablaste claro desde el principio, Sarah. Santa no eres; los dos hemos sido culpables de este desastre —dijo con voz ronca—. Pero si Grace y Dominic pudieron reconciliarse, ¿por qué nosotros no?
—Porque Dominic no se comportó como un patán con Grace —replicó ella de inmediato, retrocediendo un paso.
Maxwell soltó una risa amarga.
—¿Ah, no? Fue a gritarle un montón de insultos a mi empresa hace años, así que no lo justifiques. No busques excusas vanas para alejarnos. ¿Acaso ya no sientes nada por mí?

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