Sarah retrocedió hasta chocar con la pared del pasillo.
—No lo sé... han pasado tantas cosas que ya no sé qué siento.
Maxwell se acercó más, invadiendo su espacio personal, con una intensidad que la hizo estremecer.
—Entonces seamos sinceros: si ya no hay una oportunidad entre nosotros, es mejor que me lo digas ahora mismo.
—Mi prioridad es Arthur —sentenció ella, desviando la vista para no sucumbir a la presión de su cercanía.
Maxwell apretó la mandíbula y asintió lentamente, aceptando el golpe.
—Comprendo. Me queda claro. No volveré a insistir, Sarah. ¿Puedo despedirme del niño?
Sarah asintió, perturbada por la frialdad repentina de su tono, pero manteniéndose firme en su decisión de no ceder tan pronto. Maxwell entró en la habitación de Arthur, quien lo recibió con una sonrisa débil desde la cama. Se sentó a su lado y le tomó la mano con una ternura que contrastaba con la dureza que acababa de mostrar afuera.
—Solo estaré ausente por unos días, campeón —le explicó Maxwell—. Tengo unos asuntos que arreglar en San Francisco, pero volveré pronto. Tienes que ser fuerte y tomar tus medicinas.
El niño bajó la mirada, visiblemente triste por la noticia, pero asintió con madurez.
—Te voy a extrañar, papá Maxwell. Vuelve rápido, ¿sí?
Maxwell le dio un beso en la frente, sintiendo un nudo en la garganta, y salió de la habitación sin mirar atrás, dejando a Sarah de pie en la sala, lidiando con el silencio que su partida dejaba en el apartamento.
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En la misma oficina de luz tenue, la mujer misteriosa observaba con una calma gélida tres pantallas que mostraban gráficos financieros en un rojo sangrante. El valor de las acciones de Pierce Global caía con una velocidad alarmante, reflejando el caos que Dustin estaba provocando en la empresa.
El asesor entró apresurado, ajustándose la corbata y con una expresión de incredulidad.
—Pierce Global va en picada —informó el hombre, señalando los reportes—. Las acciones están cayendo a niveles que no habíamos visto en años. El mercado está entrando en pánico por la gestión del nuevo CEO.
La mujer se giró lentamente, pero esta vez no había rastro de preocupación en su rostro. Al contrario, sus labios se curvaron en una sonrisa depredadora.
—¡Eres un pendejo! —rugió Charlotte, descargando un golpe seco con su bastón sobre el escritorio de caoba—. ¡Me dijiste que serías mejor que Dominic, que llevarías esta empresa a la cima, y yo te creí! ¡Fui una estúpida al confiar en tus palabras de grandeza!
Dustin se puso en pie, pálido y con las manos temblorosas, intentando desesperadamente recomponer su dignidad frente a la mirada abrasadora de su abuela.
—Abuela, yo... las condiciones del mercado cambiaron, los directores no están cooperando como esperaba —trató de justificarse, levantando las manos en un gesto de defensa—, pero tengo un plan para revertirlo, solo necesito unos días más...
—¡Cállate! —le cortó ella, con una voz que destilaba un desprecio absoluto—. No quiero escuchar una sola excusa más de tu boca. En una semana has destruido lo que a Dominic le tomó años consolidar. Me equivoqué contigo, Dustin. Nadie en esta familia es más eficiente que él, por mucho que me pese reconocerlo.
Dustin bajó la mirada, humillado, sintiendo cómo el poder que tanto había ansiado se le escurría entre los dedos ante la implacable realidad de su propia incompetencia.
—Yo misma arreglaré este desastre, ya lo verás —sentenció Charlotte, dándole la espalda con una rigidez aristocrática que ocultaba la amargura de su derrota personal.
Salió del despacho sin mirar atrás, haciendo que el eco de su bastón resonara en el pasillo como una sentencia de muerte para la gestión de su nieto. Sin embargo, por dentro, la bilis se le subía a la garganta. Sabía perfectamente que solo había una persona con la capacidad técnica y el respeto de los accionistas para detener la caída de Pierce Global.
La furia de Charlotte se mezclaba con una humillación insoportable al entender que la única forma de salvar el patrimonio familiar era tragarse su orgullo, bajar la cabeza y rogarle a Grace que regresara a tomar el control.

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