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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 127

Dominic miró a Grace y asintió con una seriedad fingida, preparándose para la interpretación.

—Abre, Grace —murmuró él, ajustándose la camisa—. Voy a actuar como siempre, no sospechará nada.

Ambos se acomodaron la ropa con rapidez; Grace se alisó la falda y se pasó las manos por el cabello para aplacar el desorden de la pasión. Al abrir, se encontró con la figura imponente de la anciana.

—¿Puedo pasar? —preguntó Charlotte, manteniendo su porte aristocrático.

—Depende —respondió Grace, bloqueando ligeramente el umbral—. ¿Qué es lo que desea?

Charlotte la miró con un respeto inusual, despojada de su habitual veneno.

—Vengo a ver a mi nieto y a hablar contigo —admitió.

Grace se hizo a un lado y la hizo pasar. La anciana caminó hacia la estancia y vio a Dominic sentado en el sillón, con la mirada perdida que él utilizaba para simular su amnesia. Se acercó a él con un gesto de dolor.

—Mi Dominic... cómo quisiera que recuperaras la memoria —suspiró ella—. Tu primo es un desastre, está destruyendo todo lo que construiste.

Dominic la miró con una frialdad absoluta, manteniendo el tono neutro y universal que le caracterizaba.

—Si yo recuperara la memoria, tenga la seguridad, señora, que no movería un dedo por usted —soltó él con una dureza que cortó el aire.

Charlotte se horrorizó, retrocediendo un paso.

—¿Por qué dices eso? ¿Qué cosas te ha dicho esta mujer de mí? —preguntó señalando a Grace.

—Le dije la verdad —intervino Grace con firmeza—. ¿O piensa aprovecharse de que él no tiene recuerdos para mentirle de nuevo?.

—Cariño, todo lo que hice fue por tu bien y el de nuestra familia —insistió Charlotte, tratando de sonar maternal.

—Me alejó de mis hijos y de la mujer que amo, señora —replicó Dominic, sin dejar espacio a la réplica.

Grace, notando la tensión física de Dominic, decidió cortar la visita.

—No puede incomodarlo así. Dígame de una vez qué desea.

Charlotte se armó de valor y se aclaró la garganta, dejando de lado la máscara de perfección que siempre portaba como una armadura.

—Soy demasiado orgullosa para aceptar que es posible que me haya equivocado contigo —confesó, mirando a Grace—. Soy demasiado soberbia para rogar, pero Pierce Global no solo es mi patrimonio; es la empresa que Dominic ama y se está hundiendo. Por el legado de tus hijos, te pido que vuelvas.

Grace la sostuvo la mirada, sin dejarse amedrentar por la supuesta vulnerabilidad de la anciana.

—Se lo advertí, y estoy cansada de luchar contra sus patrañas. Yo ayudé a crear el imperio de Foster, así que por el legado de mis hijos no me preocupo. No soy la arribista que usted siempre ha dicho; soy una mujer trabajadora y puedo empezar de cero.

—Dominic, entiendo que es tu abuela, la mujer que se hizo cargo de ti cuando eras un niño —dijo Grace con voz entrecortada—, pero yo no puedo perdonarle que me pidiera abortar, que despreciara a mis niños como si no valieran nada.

Dominic le acarició el rostro con una ternura infinita, borrando cualquier rastro de la frialdad anterior.

—Jamás te pediría que la perdones —le aseguró con suavidad—. Ni que la trates, ni que seas su amiga, nada. Ella es mi familia de sangre, sí, pero cuando nos casemos no tienes ninguna obligación de aceptarla. Mi única prioridad eres tú y mis hijos; el resto no importa.

Grace se lanzó a sus brazos, escondiendo el rostro en su cuello mientras sentía el calor de su cuerpo.

—Siempre soñé escucharte decir estas palabras... que me escogieras a mí por encima de todo —susurró ella, dejando que las lágrimas empañaran su voz.

—Fui un tonto, Grace. Debí escogerte mucho antes, pero a veces la vida nos da segundas oportunidades y no pienso desperdiciarla —respondió él antes de sellar su promesa con un beso cargado de entrega.

El sonido de la cerradura y unas risas infantiles rompieron el silencio del apartamento. Los gemelos entraron corriendo, lanzando sus mochilas al suelo mientras la niñera Rose intentaba seguirlos el ritmo.

—¡Papá, no vas a creer lo que pasó en el recreo! —exclamó Derek, agitando las manos con entusiasmo—. ¡Metí un gol desde la mitad de la cancha y todos mis amigos gritaron mi nombre!

—¡Y a mí me pusieron una estrella dorada en el dibujo de la familia! —interrumpió Doménica, buscando desesperadamente el papel en su bolso para mostrárselo—. La maestra dijo que pinto muy bien los árboles, y le puse una corbata azul a tu dibujo porque siempre te ves guapo, papá.

Grace sonrió.

—Concuerdo con Doménica, eres muy guapo. —Guiñó un ojo.

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