Danna entró en la oficina con paso firme y dejó varios informes sobre el escritorio, pero Maxwell ni siquiera se inmutó. Tenía la mirada fija en el ventanal, perdido en sus propios pensamientos mientras el sol de la tarde golpeaba el cristal.
—¿Qué te ocurre? —preguntó Danna, rompiendo el silencio—. Estás triste porque Grace regresó con Dominic, ¿verdad?
Maxwell soltó un suspiro pesado y finalmente giró su silla para enfrentarla.
—No... bueno, sí me duele no estar cerca de los niños, pero a la vez estoy feliz de saber que tengo un hijo propio —admitió con voz ronca—. Sin embargo, Sarah se rehúsa a volver conmigo.
Danna arqueó una ceja y se cruzó de brazos, apoyándose en el borde del escritorio.
—¿Sarah es la mujer con la que estabas obsesionado en vengarte? ¿De verdad crees que después de cómo la trataste, de las humillaciones y el maltrato, ella va a regresar corriendo a tus brazos? —Danna hizo una mueca de desdén—. No me cae bien, la verdad, por todo lo que le hizo a Grace en el pasado, pero se ve que al menos ahora tiene dignidad. Eso es algo que muchas mujeres no conocen.
Maxwell bajó la mirada, sintiendo el peso de las palabras de su asistente. Sabía que tenía razón; su comportamiento había sido errático y cruel bajo la ceguera de la venganza.
—¿Y qué se te ocurre? —preguntó él, buscando un rastro de esperanza.
—Que la vuelvas a conquistar —respondió Danna con seguridad—. Ella debe estar esperando eso. Es muy fácil decir te amo con palabras, pero lo que importa es que demuestres que la amas, que te importa y que no te vas a dar por vencido.
Maxwell guardó silencio unos segundos, asimilando el consejo. La determinación empezó a sustituir la melancolía en su rostro.
—Tienes razón, he sido un tonto —sentenció, poniéndose en pie—. Busca la mejor floristería de Nueva York y que preparen... —Se detuvo en seco, recordando la condición de Arthur—. No, no, espera. Arthur no puede estar en contacto con flores por su tratamiento. Que le manden un arreglo con trufas de chocolate. Que estén rellenas de nueces, pistacho y almendras; eso a ella le encanta.
Danna asintió con una pequeña sonrisa de aprobación, satisfecha de ver que Maxwell finalmente empezaba a pensar con claridad.
—En seguida me encargo de eso —dijo ella antes de salir de la oficina para hacer el pedido.
—Pero si nos hacemos los que no sabíamos nada, podemos reclamar la empresa judicialmente —insistió el asesor—. Y usted sabe quién pondría el grito en el cielo si logramos quitarles el control.
—No —le cortó ella, tajante—. Quiero una compra legal. Dile a Dustin que averiguaste sobre su fraude. Exígele que, si tiene el poder de vender las acciones de su abuela, te lo demuestre. Compraremos las de Charlotte y las de él; con eso nos hacemos al 49%. Es suficiente por ahora.
El hombre asintió, tomando nota de la estrategia. Sabía que ella no buscaba una guerra abierta, sino una infiltración perfecta.
—Perfecto, así se hará —dijo el asesor antes de cambiar el tono de voz—. Y con respecto al otro Pierce... bueno, no le tengo buenas noticias. La última vez que lo vieron estaba en un casino en Las Vegas. No tiene ni idea de lo que le pasó a su hijo.
La mujer cerró los ojos y negó con la cabeza, apretando los párpados con una mezcla de cansancio y desprecio.
—Él buscó ese camino —dijo ella en un susurro gélido—. Yo no moveré un dedo para salvarlo. Que se hunda en su propia miseria.

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