Maxwell entró en la oficina de Grace sin llamar, cerrando la puerta tras de sí con un movimiento pausado. Se apoyó en el borde del escritorio de roble, observando a la mujer que tenía enfrente.
—¿Cómo van las cosas? —preguntó Maxwell, en tono suave.
Grace levantó la vista de los informes financieros, con calma.
—Como las planeamos, Maxwell. Incluso mejor —respondió ella, dejando el bolígrafo sobre la mesa—. En Pierce Global están desesperados. Dominic está haciendo lo único que sabe hacer: ofrecer dinero. Cree que puede comprar el acceso a la terminal como si fuera un juguete.
Maxwell asintió y luego la observó fijamente.
—Eres consciente de que ese hombre es capaz de venir hasta aquí si no obtiene lo que quiere, ¿verdad? No se va a quedar sentado en Nueva York mientras su imperio se tambalea.
Grace sostuvo la mirada de Maxwell sin parpadear. Una pequeña sonrisa, cargada de una satisfacción, apareció en sus labios.
—Lo sé. Y ahí es donde lo quiero ver: arrastrándose por un negocio que no puede permitirse perder —sentenció Grace.
—¿Estás lista para enfrentarlo? —insistió Maxwell.
Grace inhaló profundo.
—Lo estoy desde hace mucho tiempo —afirmó ella. Luego, el silencio se apoderó del despacho. Grace se reclinó en su silla y lo observó con detenimiento—. ¿Y tú?
Maxwell desvió la vista hacia el ventanal. Hubo un destello amargo en sus ojos ante la pregunta, una mezcla de rencor acumulado y un orgullo herido que el tiempo no había logrado sanar.
—Pediré un diseño exclusivo, una joya única para ti —dijo Maxwell, y su voz sonó más dura de lo habitual—. Y quiero que sea diseñada por la mejor: Sarah Coleman. Iré yo mismo a Nueva York a retirarla. Quiero demostrarle que ahora tengo el dinero para comprar algo que pudo haber sido para ella, pero no. Sarah no merece nada más que mi desprecio.


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