El caos en la Torre Pierce era ensordecedor. Los teléfonos no dejaban de sonar y las pantallas mostraban los gráficos en rojo; la noticia de que la terminal logística del Pacífico estaba bloqueada había provocado que las acciones cayeran en picada. Dominic estaba de pie en medio de su despacho, con la camisa arrugada y el rostro endurecido por la frustración.
—Quiero una cita con los dueños de esos terrenos, o con sus abogados, o con quien sea que esté a cargo —rugió Dominic hacia su secretaria—. ¡Ahora mismo!
Miró su reloj de pulsera. Viajar en ese momento era inútil; llegaría de madrugada y no conseguiría nada. Tenía que esperar a la primera hora del día siguiente. Se sentó en su sillón y apretó los párpados. De pronto, la imagen de Grace invadió su mente. Durante seis años había intentado enterrar su recuerdo, pero la veía en cada revista de finanzas, admirando su ascenso desde la distancia, sintiendo un nudo de orgullo y dolor cada vez que leía sobre sus éxitos en el Pacífico.
—Acaso tendrás algo que ver... —susurró para sí mismo. El corazón le dio un vuelco cargado de una esperanza que lo asustaba—. No, me estoy volviendo loco. Han pasado seis años. Tu empresa creció, tienes poder, pero no tendría sentido hacer esto. Si hubieras querido destruirme, me habrías atacado apenas me vine de San Francisco aquella vez.
Sacudió la cabeza, tratando de alejar esa idea. La amaba con una intensidad que le quemaba las entrañas, un sentimiento doloroso que convivía con su culpa. En ese momento, la asistente entró apresurada.
—Señor, aceptaron hablar con usted. Lo esperan mañana a las doce en esta dirección —avisó la mujer, extendiéndole una nota.
Dominic tomó el papel y el aire se le escapó de los pulmones. Era la dirección del edificio donde funcionaba Foster&Scott. Aunque nunca se atrevió a volver a buscarla, sabía perfectamente dónde estaba su base de operaciones por las reseñas que seguía en secreto. El corazón le retumbó contra las costillas, con una violencia que le dificultó el habla.
«¿Será posible?»
—¿Qué empresa es? —inquirió de inmediato.
El nombre que le dio la secretaria no era Foster, él sabía que en esos edificios funcionaban varias empresas, quizás todo era una coincidencia.
«Quizás el destino»
—Perfecto —logró decir, con la voz quebrada por la emoción contenida—. Reserva el jet. Que esté listo a las ocho y media de la mañana.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La amante despreciada del CEO