La asistente de Maxwell entró en su oficina con el auricular aún en la mano.
—Señor, la asistente de la señora Sarah Pierce en Nueva York insiste en hablar con usted personalmente —avisó la joven, esperando instrucciones.
Maxwell ni siquiera levantó la vista de los documentos que revisaba.
—Diles que no tengo tiempo para hablar con ellas. Que estoy en una junta importante. Que te dejen el recado a ti y cuelga —respondió Maxwell con una frialdad absoluta.
Una sonrisa perversa se dibujó en sus labios cuando la asistente salió.
«Así que ahora me buscas. Pues tendrás que esperar»
En Nueva York, la asistente de Sarah escuchó la negativa y, con el rostro tenso, entró al taller de diseño. Sarah estaba puliendo una gema, pero se detuvo al ver la cara de su empleada.
—No quiere atender la llamada, señora. Dice que está demasiado ocupado —informó la chica.
Sarah apretó los labios hasta que perdieron el color.
«Imbécil» pensó con furia contenida.
«No eres más que un don nadie. No puedes humillarme de este modo, nunca pudiste y no lo harás ahora»
La idea de que aquel hombre al que ella consideraba insignificante ahora tuviera el poder de rechazarle una llamada le revolvía el estómago.
—Dile a la asistonta de ese tipo que no haremos ninguna joya —sentenció Sarah, dejando caer la herramienta sobre la mesa—. No trabajo para gente con tan poca clase.
—Pero señora, el contrato... perderá mucho dinero si cancelamos así —balbuceó la asistente.
—¡Soy tu jefa, no cuestiones mis decisiones! —gritó Sarah, perdiendo la compostura—. Haz lo que te ordeno ahora mismo.
La empleada asintió, asustada, y volvió a llamar a California para dar el recado. Minutos después, la asistente de Maxwell entró de nuevo en su despacho.
—Señor, la señora Pierce ha rechazado el trabajo. Dice que no diseñará la joya para usted.
Maxwell se reclinó en su silla y una sonrisa cargada de desprecio apareció en su rostro. Era exactamente lo que esperaba.
—Perfecto —dijo Maxwell con calma—. Dile que buscaré a Harry Winston. Y recuérdales que, según las cláusulas de su propia página web para cancelaciones injustificadas, deben regresarme el depósito completo con un 50% de recargo por incumplimiento. Que me envíen la transferencia hoy mismo o mis abogados estarán en su tienda mañana.
Maxwell sabía que ese golpe financiero y moral dejaría a Sarah temblando.

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