Grace llegó al puerto de Nueva York con paso firme, ignorando los flashes de los reporteros que ya merodeaban el muelle. El buque que Pierce Global operaba bajo contrato de fletamento estaba completamente estático, rodeado de patrullas con luces intermitentes. Agentes armados de la aduana custodiaban el perímetro, impidiendo cualquier movimiento en la cubierta.
Mostrando sus credenciales, Grace cruzó la línea de seguridad y se plantó de inmediato frente al inspector federal a cargo de la operación.
—Soy Grace, CEO de Pierce Global —declaró con voz cortante—. Exijo saber cuál es la situación exacta de nuestra embarcación y qué mercancía dicen haber encontrado.
El inspector levantó la mirada, evaluando la rigidez de la mujer antes de responder.
—Señora, sus protocolos fallaron en el puerto de origen —explicó el oficial con severidad—. Encontramos tres toneladas de mercancía de contrabando camufladas en el contenedor 405. El buque queda confiscado temporalmente por orden judicial y la tripulación está siendo interrogada.
Grace apretó la mandíbula, sintiendo una punzada de rabia en el estómago.
—Eso es imposible —espetó, cruzándose de brazos—. Operamos el barco bajo fletamento por tiempo, pero nuestros oficiales supervisan cada Manifiesto de Carga y los sellos digitales. Exijo ver la documentación del contenedor contaminado.
El inspector le tendió una copia del reporte. Grace repasó las hojas, analizando las firmas y los códigos de validación del puerto de salida. En menos de un minuto detectó la anomalía: el contenedor ingresó a última hora, saltándose la lista gracias a una orden ejecutiva interna con un código de autorización que solo la alta directiva poseía.
Una sospecha amarga y certera le recorrió la columna vertebral. Esto no era un error de un cliente. Era un sabotaje interno milimétricamente planeado.
Al analizar la velocidad con la que la prensa se había enterado y la sincronía perfecta con la crisis médica de Eleonora en el hospital, los nombres de André y Charlotte Pierce resonaron en su mente. André conocía los códigos a la perfección y acababa de ser humillado; Charlotte tenía los contactos históricos y el motivo perfecto para desviar la atención de Dominic. Se habían confabulado para asfixiarla, obligarla a soltar la búsqueda del corazón y centrar sus fuerzas en salvar las acciones de la bolsa.
Grace dobló los documentos con fuerza, conteniendo la furia. Sabía perfectamente que ellos eran los culpables, pero no tenía una sola prueba legal para demostrarlo ante el fiscal federal. Si se concentraba en acusarlos sin evidencias, perdería el barco, la empresa colapsaría y el tiempo de Eleonora se agotaría.
Giró hacia el inspector, clavándole una mirada inquebrantable.
—Inspector, Pierce Global es un tercero de buena fe y vamos a cooperar de forma absoluta —sentenció Grace, con una autoridad implacable—. En este mismo instante mis abogados redactan una fianza de emergencia para liberar el resto del buque y asegurar que la naviera dueña del barco no detenga sus rutas. Les entregaré las bitácoras digitales y los videos del puerto de origen ahora mismo. Vamos a encontrar al responsable que autorizó esa carga, pero no voy a permitir que detengan las operaciones de mi empresa ni un segundo más. Muéstreme dónde están los agentes federales, voy a firmar la entrega inmediata de la evidencia.
El inspector federal asintió con gravedad, impresionado por la determinación de la mujer.
—Acompáñeme a la oficina móvil, señora —indicó el oficial, señalando una furgoneta negra—. Si sus abogados presentan la fianza rápido y las bitácoras coinciden, liberaremos el buque en unas horas. Pero el contenedor se queda.
—Es todo lo que pido —respondió Grace, avanzando a su lado.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La amante despreciada del CEO