Maxwell le dio unas fuertes palmadas en la espalda a Dominic, intentando ocultar una sonrisa burlona mientras el ejecutivo recuperaba el aire.
—¿Estás bien? —le preguntó Maxwell, mirándolo de reojo.
Dominic se aclaró la garganta con fuerza, enderezándose en la banca y acomodándose el cuello de la chaqueta para recuperar la compostura, aunque el color rojo aún no se le quitaba por completo del rostro.
—Sí, estoy bien —respondió Dominic con la voz un poco ronca. Luego, clavó sus ojos grises en el pequeño y le preguntó—: A ver, Arthur, ¿por qué me llamas señor Pierce y no papá?
El niño no se intimidó. Mantuvo la espalda recta y lo miró con absoluta firmeza desde detrás de su cubrebocas.
—Porque esto es un asunto serio —declaró Arthur sin dudarlo un segundo.
Dominic giró la cabeza de inmediato hacia Maxwell, entornando los ojos con sospecha.
—Seguro tú se lo enseñaste —le reclamó Dominic, señalándolo con el dedo.
Maxwell se encogió de hombros con total inocencia y soltó una pequeña risa, levantando las manos.
—Él me preguntó cómo se pide la mano de la novia, yo solo le di las pautas —se defendió Maxwell, divertido con la situación.
Dominic resopló, dejando salir el aire por la boca, y volvió a enfocarse en el pequeño, suavizando el tono de su voz para hablarle con paciencia.
—Arthur, ustedes son muy pequeños para pensar en casarse —le explicó Dominic, cruzándose de brazos—. Además, debes cuidar a Doménica como si fuera tu hermana.
—Pero no somos hermanos —replicó Arthur de inmediato, con una lógica infantil implacable—. Y a mí ella me agrada mucho. Antes de que otro niño en la escuela me gane, quiero que me concedas su mano desde ahora. Además, cuando sea grande voy a trabajar mucho, muchísimo, como tú.
Al escuchar la determinación del niño y la profunda admiración que sentía por él, la coraza de Dominic Pierce se derritió por completo. Una intensa oleada de conmoción lo golpeó en el pecho, borrando cualquier rastro de rigidez. Se inclinó hacia el frente, apoyando los codos en las rodillas para quedar a la altura de los ojos de Arthur, y lo miró con una ternura genuina.
—Tú eres un niño maravilloso, Arthur —le dijo Dominic, con la voz cargada de una emoción sincera—. Y sería un verdadero honor que, cuando sean grandes, Doménica te vea como su novio. Si eso ocurre en el futuro, ten por seguro que te concederé su mano sin dudarlo, siempre y cuando sigas siendo el niño bueno, noble y respetuoso que eres hoy. Tienes mi palabra.
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