Grace movía la cuchara dentro de la taza de café con un ritmo frenético. Tenía la mirada perdida en la ventana, pero su mente estaba a kilómetros de distancia, repasando cada palabra que pensaba escupirle a Dominic Pierce en pocas horas. El miedo y la anticipación le cerraban el estómago; volver a tenerlo cerca después de seis años se sentía como caminar voluntariamente hacia un incendio.
El timbre del teléfono rompió el silencio y Grace dio un respingo, casi derramando el café. Contestó de inmediato.
—¿Diga? —escuchó con atención la voz de la secretaria de la escuela primaria—. Entiendo. Sí, no hay problema. Gracias por avisar tan temprano.
Colgó el auricular y se quedó mirando el aparato un segundo, procesando la información. Maxwell entró en la cocina, ya impecable con su traje oscuro, y notó la expresión de Grace.
—¿Qué pasó? —preguntó Maxwell.
—Llamaron de la escuela. Por un problema con las tuberías o algo así, no tendrán clases hoy —respondió Grace, pasando una mano por su frente—. Los niños se tienen que quedar en casa.
Maxwell frunció el ceño. Sabía perfectamente lo que eso significaba. Ese día no era un día cualquiera; era el día en que el pasado iba a cruzar la puerta de su empresa.
—Debemos llamar a Rose para que se quede con ellos esta mañana —dijo Maxwell con tono decidido—. Hoy no pueden estar en la oficina, Grace. Bajo ninguna circunstancia.
Grace asintió con vehemencia, el solo imaginar que Dominic viera a sus hijos le revolvía las entrañas.
—Así es, ellos no pueden estar ahí —confirmó Grace, con la voz un poco más firme—. No voy a arriesgarme a que ese hombre respire el mismo aire que mis hijos. Llama a Rose ahora mismo, que venga a quedarse con ellos todo el día.
Maxwell sacó su teléfono mientras Grace subía las escaleras para avisar a los niños. Mientras caminaba, se obligó a respirar hondo. Iba a blindar su casa y su oficina; se aseguraría de que Dominic Pierce se fuera de San Francisco sin haber visto otra cosa que no fuera la cara de la mujer que ahora lo despreciaba con toda su alma.
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Grace entró en su oficina ubicada un piso arriba del lugar donde se encontraría en pocos minutos frente a frente con Dominic Pierce.
El cuero de la silla crujió bajo su peso en medio del silencio. Maxwell estaba de pie junto a la cafetera, revisando informes técnicos sobre la terminal, pero ella no lograba concentrarse. Sus ojos no dejaban de desviarse hacia el reloj de pared: faltaban sesenta minutos.


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