Dominic sintió un impacto físico, como si le hubieran arrancado el aire de un golpe. Se apoyó con ambas manos en la mesa, invadiendo el espacio de Grace mientras el aroma a sándalo y cuero que ella tanto recordaba la envolvía como una advertencia. Ella inhaló ese perfume y sintió una punzada de nostalgia que le quemó la garganta, pero no se movió.
—No es posible —soltó él, con la voz cargada de una ronquera desesperada—. Grace, ¿de qué estás hablando? Estos terrenos estan bloqueando mi expansión. He estado luchando contra un fantasma.
Dominic la devoraba con la mirada, buscando una grieta en su máscara. Verla ahí, tan poderosa y distante, le generaba una mezcla insoportable de deseo e intriga. Ella no retrocedió ni un milímetro. Sostuvo su mirada con una calma que le resultó a él más aterradora que cualquier grito.
—Ese fantasma tiene nombre y apellido, señor Pierce —replicó ella, y una sonrisa gélida asomó en sus labios—. Pacific Blue Holdings es una de mis tantas inversiones. Detectamos una oportunidad de negocio en los puertos y la tomamos. Se llama visión empresarial, algo que usted me enseñó muy bien.
Grace sentía el corazón galopando contra sus costillas. Odiaba que él todavía tuviera ese magnetismo que le erizaba la piel, pero se obligó a recordar la frialdad con la que terminó con ella, y sobre todo ese cheque. Dominic la miraba con los ojos desorbitados, pasando del shock a una comprensión que le quemaba el pecho.
—¿Por eso lo hiciste? —preguntó él en un susurro—. ¿Pasaste estos años planeando una venganza? ¿Todo esto es para verme caer?
Él quería creer que ella aún lo amaba lo suficiente como para odiarlo con tal intensidad, pero Grace soltó una carcajada seca y se sentó, se reclinó en su silla con elegancia. Lo miró como si fuera un simple mortal, aunque por dentro sus manos temblaran bajo la mesa.
—¿Venganza? No se confunda, señor Pierce. No tengo tiempo para dedicarle seis años a un rencor. Usted es solo un obstáculo en una transacción comercial. Mi mundo dejó de girar a su alrededor hace mucho tiempo. Si hoy está aquí, es porque su desesperación financiera encaja con mis planes de expansión.
«¿Señor Pierce?» que lo llamara de ese modo tan distante también le dolió, fue como sentir que ese hueco en su corazón se hacía más hondo. Sintió que la humillación le quemaba el pecho. Estaba frente a la única mujer que amaba, pero ella lo trataba con la frialdad de un simple negocio.
—No te creo —insistió él, aunque su voz flaqueaba—. Sé que hay algo más. No puedes haberme olvidado así —reclamó.
Grace lo miró con frialdad, soltó un bufido cargado de desprecio.
—Lo que usted crea es irrelevante para mis números —cortó ella—, usted vino a hablar de negocios y eso es lo único que a mi me interesa.
Dominic la miró con intensidad, la rabia, los celos, el dolor, y el amor se mezclaron en su sistema nublándole el pensamiento.
Rose dudó, mirando el cielo despejado de San Francisco. Derek vio la grieta en su resolución y entró en acción. Se acercó a la niñera y la tomó de la mano, entornando sus ojos grises con una expresión de súplica absoluta. Le dedicó una sonrisa pequeña, ladeada, cargada de una ternura infantil que era su mejor arma.
—Por favor, Rose. Solo un ratito. Queremos estar cerca de papá y mamá —murmuró Derek con voz suave.
La niñera suspiró, derrotada por la combinación de la insistencia de Doménica y los gestos de Derek.
—Está bien —cedió Rose, levantándose de la silla—. Pero escúchenme bien: vamos al parque. Si llamo a su mamá y ella dice que no pueden subir, nos regresamos de inmediato a casa. ¿Entendido?
—¡Sí! —exclamaron ambos al unísono, saltando de alegría.
Derek corrió a buscar sus zapatos, sintiendo una extraña urgencia por llegar a ese edificio. No sabía por qué, pero sentía que algo importante estaba pasando allí. El entusiasmo por ver a sus padres se mezclaba con una curiosidad que lo hacía caminar más rápido que de costumbre.

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