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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 21

«¿Interesada? ¡Imbécil te devolví el dinero que me mandaste con tu abuela! ¡Cobarde!» dijo ella en su mente.

La reunión entre Dominic y Grace escaló su punto más alto, él la había llamado interesada, esperando que ella se defendiera, pero no fue así, ella no gritó, no se inmutó, lo que no sabía él es que sus palabras seguían ahondando la herida.

—Señor Pierce esta reunión es estrictamente de negocios, así que lo escucho. —Miró su elegante reloj digital—. Tiene cinco minutos.

Dominic apretó los puños, tensó la mandíbula.

—Eres una gran actriz Grace Scott, mientras fingías que te dolía nuestra separación y hasta me decías que me amabas, tenías a otro hombre, y no dudaste en correr a sus brazos y casarte con él.

Grace sintió que la sangre le hervía ante la acusación. La mandíbula se le tensó tanto que le dolió, pero no permitió que su máscara de frialdad se rompiera. En lugar de gritar, se reclinó lentamente en su silla, observando a Dominic con una lástima que fue más hiriente que cualquier bofetada.

—Se equivoca de nuevo, señor Pierce —soltó ella, con una voz que cortaba el aire—. Quien me quería de amante era usted, no Maxwell. Él fue el único que me dio el lugar que me merecía desde el primer día, sin escondites ni excusas baratas.

Dominic abrió la boca para replicar, pero Grace levantó una mano, silenciándolo. Sus ojos brillaron con un desprecio absoluto.

—Además, usted es la persona menos indicada en este mundo para hacerme cualquier reclamo —continuó ella, rematando cada palabra—. Le recuerdo que es un hombre casado. No tiene ningún derecho moral sobre mi vida, mis decisiones o mi cama.

Dominic soltó una carcajada amarga y en un par de zancadas se acercó, rodeando la mesa con una lentitud predadora que hizo que el aire de la sala se volviera irrespirable. Su aroma invadió el espacio personal de Grace conforme se acercaba.

—Casado o no, todavía puedo oler que me odias con la misma intensidad con la que me amabas —dijo él, deteniéndose a escasos centímetros de ella. Se inclinó, apoyando ambas manos en los brazos de la silla de Grace, atrapándola—. Y no me vengas con esa fachada de empresaria perfecta. Puedo ver cómo late tu pulso en tu cuello, Grace. Sé que mi presencia te afecta tanto como la tuya a mí.

Grace sintió el calor que emanaba del cuerpo de Dominic y una corriente eléctrica le recorrió la columna, amenazando con doblegar su voluntad. El deseo estaba ahí, pulsando entre ambos como una herida abierta. Sin embargo, ella no retrocedió. Apoyó la espalda en el respaldo de la silla y lo miró directamente a los ojos, con una calma que lo desarmó.

—No confunda la adrenalina de un buen negocio con otra cosa, señor Pierce —respondió ella, con la voz firme y un tono de burla gélida—. Su cercanía no me provoca nada más que ganas de terminar esta reunión.

Dominic bajó la mirada a los labios de Grace.

«Muero por volver a besarte» pensó él.

Ella vio la intención clara de él de acortar la distancia.

«Ni se te ocurra hacerlo» dijo ella en la mente, observándolo a los ojos de manera desafiante.

La tensión era tan fuerte que el silencio parecía vibrar. Dominic alargó una mano, rozando apenas un mechón de cabello de Grace, pero ella le tomó la muñeca con una fuerza sorprendente, deteniéndolo en el aire.

—Ni se le ocurra —advirtió ella, con los ojos encendidos de una furia contenida—. Usted ya no tiene el poder de tocarme cuando quiera. Si busca consuelo para su orgullo herido, regrese a Nueva York con su esposa. Aquí solo encontrará contratos y deudas.

Dominic apretó la mandíbula, sintiendo el rechazo como si una estaca le atravesara el corazón. La miró con respeto. Ella tenía razón: ya no era la asistente sumisa que suspiraba por él. Era una mujer que podía destruirlo con una firma, y esa nueva faceta, aunque lo enfurecía, lo atraía de una manera que no podía controlar.

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