Sarah soltó una carcajada sonora, disfrutando el apuro en el que el niño acababa de meter al empresario.
—Claro, explícale, Dominic. Cuéntanos a todos —lo azuzó Sarah, divertida.
Dominic se aclaró la garganta de inmediato, acomodándose el cuello de la camisa mientras el calor le subía ligeramente por el cuello al verse acorralado por los niños.
—Bueno... soy muy bueno en el squash, manejo autos de carreras en pista y juego polo en el club, campeón —respondió Dominic con rapidez, recuperando su tono autoritario—. Deportes de verdad, ya los aprenderás cuando seas más grande.
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La puerta del despacho de Anthony se abrió y María Elena Duque entró al lugar con paso apresurado, sosteniendo de la mano a Gerard, su hijo de siete años, quien traía una tableta bajo el brazo y una expresión de aburrimiento absoluto.
—Anthony, te encargo a Gerard unas horas —soltó María Elena de inmediato, dándole un beso rápido en la mejilla a su esposo mientras acomodaba su propio bolso de diseñador—. Tengo que correr a llevar a Lucía a sus clases de ballet y gimnasia rítmica. Ya sabes cómo es esto, y tu hijo se rehusó por completo a ir a ver tutús y listones de colores.
Anthony se quitó las gafas de lectura y miró las carpetas del caso de Maxwell que tenía esparcidas por todo el escritorio, soltando un suspiro de desespero.
—Cariño, por favor, estoy en medio de la estrategia para la desestimación del caso Foster —le explicó Anthony, señalando los documentos de la fiscalía—. Dominic necesita que encuentre el rastro del hackeo financiero hoy mismo. No puedo distraerme.
María Elena sonrió con suficiencia, apoyando las manos en el borde del escritorio y mirándolo fijamente con esos ojos decididos que también la hacían una abogada brillante dentro del buffet familiar.


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