La niñera de Arthur se había alejado unos metros para comprar una botella de agua, confiando en que el niño no se movería. Derek se acercó también, curioso por la interrupción del juego.
—Pero es fácil —insistió Doménica—. Solo tienes que patearla.
—Es que yo no puedo agitarme —explicó Arthur, suspirando—. Tengo asma.
Derek y Doménica se intercambiaron una mirada de sorpresa y luego sonrieron con naturalidad.
—¡Nuestro papá también tiene asma! —exclamó Derek con entusiasmo—. Y él sí corre y juega con nosotros. Solo tienes que intentarlo despacio.
Arthur abrió mucho los ojos. Nadie le había dicho nunca que podía ser como los demás niños. La emoción le ganó al miedo y, animado por los mellizos, se puso de pie y dio una pequeña carrera tras el balón.
—¡No, Arthur! ¡No te canses! —gritó su niñera, corriendo hacia ellos al verlo en movimiento.
Pero fue tarde. El esfuerzo repentino y la emoción dispararon la crisis. Arthur se detuvo en seco, llevándose las manos al pecho mientras un silbido agudo escapaba de su garganta. Su rostro empezó a palidecer y el aire dejó de entrar en sus pulmones. Doménica y Derek se asustaron al ver que el niño caía de rodillas, luchando por respirar.
La niñera al ver la escena corrió hacia los niños.
—¡El inhalador! —chilló la niñera de Arthur, desesperada, revolviendo el bolso—. ¡Arthur, ¿dónde está?!
El niño señaló sus bolsillo, la niñera lo buscó pero no encontró nada.
—¡Se te cayó! —gritó angustiada.
En medio del caos, Doménica vio el pequeño aparato azul tirado sobre el césped, a unos metros de donde Arthur se asfixiaba. Sin pensarlo, la niña corrió, lo recogió y se arrodilló frente a él. Estaba acostumbrada a ver a Maxwell usarlo en las crisis estacionales. Con manos pequeñas pero firmes, le quitó la tapa, lo agitó como había visto mil veces y se lo puso en la boca a Arthur.
—¡Presiona! —le ordenó Doménica con una seguridad asombrosa—. ¡Inhala ahora!
Arthur obedeció mecánicamente. El medicamento entró en sus vías respiratorias y, tras unos segundos de angustia, el silbido en su pecho empezó a ceder. La niñera de Arthur, temblando, lo abrazó mientras los mellizos lo miraban con los ojos muy abiertos, sin saber que acababan de salvar a su medio hermano.
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Dominic escuchó la propuesta del arriendo y soltó una carcajada cargada de veneno. No iba a permitir que ellos controlaran el flujo de su dinero. Justo cuando iba a replicar, el móvil en su saco vibró con una insistencia alarmante. Al ver que era la niñera de Arthur, el corazón le dio un vuelco.
—¿Qué ocurre? —preguntó, ignorando por completo la presencia de la pareja frente a él. Al escuchar los gritos de fondo y la explicación atropellada de la mujer, su rostro perdió todo el color—. Voy para allá.
Colgó y clavó una mirada feroz en Grace, luego en Maxwell.
—No voy a aceptar su propuesta —sentenció con voz cortante—. Y la guerra apenas empieza.
Salió de la sala de juntas casi corriendo, dejando la puerta abierta tras de sí. En el parque, Derek y Rose se habían alejado unos metros para comprar helados, intentando calmar el susto, mientras Doménica se quedó sentada en el césped junto a Arthur y su niñera.
Dominic llegó al trote, se lanzó de rodillas sobre la hierba y estrechó a Arthur contra su pecho. Sus manos recorrían los hombros y la espalda del niño con una urgencia frenética.
—¿Estás bien? ¿Qué pasó? Arthur, mírame —exigía Dominic con la respiración entrecortada.
—Estoy bien, papá —respondió Arthur, todavía un poco pálido pero ya respirando con normalidad—. Mi amiga Doménica me salvó la vida.
Los ojos de Dominic se desviaron de inmediato hacia la niña. Al verla, una sensación extraña y punzante le recorrió la columna. No se parecía a él en absoluto, pero había algo en la curva de su rostro y en la fijeza de sus ojos grises que lo dejó mudo por un segundo. Le resultaba inquietantemente familiar, una imagen que su cerebro no terminaba de procesar.

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