Entrar Via

La amante despreciada del CEO romance Capítulo 22

La niñera de Arthur se había alejado unos metros para comprar una botella de agua, confiando en que el niño no se movería. Derek se acercó también, curioso por la interrupción del juego.

—Pero es fácil —insistió Doménica—. Solo tienes que patearla.

—Es que yo no puedo agitarme —explicó Arthur, suspirando—. Tengo asma.

Derek y Doménica se intercambiaron una mirada de sorpresa y luego sonrieron con naturalidad.

—¡Nuestro papá también tiene asma! —exclamó Derek con entusiasmo—. Y él sí corre y juega con nosotros. Solo tienes que intentarlo despacio.

Arthur abrió mucho los ojos. Nadie le había dicho nunca que podía ser como los demás niños. La emoción le ganó al miedo y, animado por los mellizos, se puso de pie y dio una pequeña carrera tras el balón.

—¡No, Arthur! ¡No te canses! —gritó su niñera, corriendo hacia ellos al verlo en movimiento.

Pero fue tarde. El esfuerzo repentino y la emoción dispararon la crisis. Arthur se detuvo en seco, llevándose las manos al pecho mientras un silbido agudo escapaba de su garganta. Su rostro empezó a palidecer y el aire dejó de entrar en sus pulmones. Doménica y Derek se asustaron al ver que el niño caía de rodillas, luchando por respirar.

La niñera al ver la escena corrió hacia los niños.

—¡El inhalador! —chilló la niñera de Arthur, desesperada, revolviendo el bolso—. ¡Arthur, ¿dónde está?!

El niño señaló sus bolsillo, la niñera lo buscó pero no encontró nada.

—¡Se te cayó! —gritó angustiada.

En medio del caos, Doménica vio el pequeño aparato azul tirado sobre el césped, a unos metros de donde Arthur se asfixiaba. Sin pensarlo, la niña corrió, lo recogió y se arrodilló frente a él. Estaba acostumbrada a ver a Maxwell usarlo en las crisis estacionales. Con manos pequeñas pero firmes, le quitó la tapa, lo agitó como había visto mil veces y se lo puso en la boca a Arthur.

—¡Presiona! —le ordenó Doménica con una seguridad asombrosa—. ¡Inhala ahora!

Arthur obedeció mecánicamente. El medicamento entró en sus vías respiratorias y, tras unos segundos de angustia, el silbido en su pecho empezó a ceder. La niñera de Arthur, temblando, lo abrazó mientras los mellizos lo miraban con los ojos muy abiertos, sin saber que acababan de salvar a su medio hermano.

****

Dominic escuchó la propuesta del arriendo y soltó una carcajada cargada de veneno. No iba a permitir que ellos controlaran el flujo de su dinero. Justo cuando iba a replicar, el móvil en su saco vibró con una insistencia alarmante. Al ver que era la niñera de Arthur, el corazón le dio un vuelco.

—¿Qué ocurre? —preguntó, ignorando por completo la presencia de la pareja frente a él. Al escuchar los gritos de fondo y la explicación atropellada de la mujer, su rostro perdió todo el color—. Voy para allá.

Colgó y clavó una mirada feroz en Grace, luego en Maxwell.

—No voy a aceptar su propuesta —sentenció con voz cortante—. Y la guerra apenas empieza.

Salió de la sala de juntas casi corriendo, dejando la puerta abierta tras de sí. En el parque, Derek y Rose se habían alejado unos metros para comprar helados, intentando calmar el susto, mientras Doménica se quedó sentada en el césped junto a Arthur y su niñera.

Dominic llegó al trote, se lanzó de rodillas sobre la hierba y estrechó a Arthur contra su pecho. Sus manos recorrían los hombros y la espalda del niño con una urgencia frenética.

—¿Estás bien? ¿Qué pasó? Arthur, mírame —exigía Dominic con la respiración entrecortada.

—Estoy bien, papá —respondió Arthur, todavía un poco pálido pero ya respirando con normalidad—. Mi amiga Doménica me salvó la vida.

Los ojos de Dominic se desviaron de inmediato hacia la niña. Al verla, una sensación extraña y punzante le recorrió la columna. No se parecía a él en absoluto, pero había algo en la curva de su rostro y en la fijeza de sus ojos grises que lo dejó mudo por un segundo. Le resultaba inquietantemente familiar, una imagen que su cerebro no terminaba de procesar.

El mundo de Dominic se resquebrajó. La imagen de Maxwell sosteniendo a ese niño con una familiaridad absoluta le dolió más que cualquier pérdida financiera.

«Grace tiene hijos con él» pensó, y la bilis le amargó la boca.

«Me olvidó tan rápido que formó una familia completa mientras yo me hundía en el trabajo»

El desprecio y los celos lo cegaron por completo; no quería ver más, no quería ser testigo de la felicidad que ese hombre le había robado.

—Vámonos, Arthur —masculló Dominic, llevándose a su hijo en brazos ignorando la escena a sus espaldas.

Grace, que se había quedado pálida y sin aliento al ver a Dominic tan cerca de sus hijos, sintió que el alma le volvía al cuerpo cuando él se giró. Pero el alivio fue reemplazado de inmediato por una furia volcánica. Vio a Dominic caminar hacia el vehículo que los esperaba con una indiferencia brutal, sin dedicarles ni una segunda mirada a los niños, tratándolos como si fueran simples extraños en un parque.

Grace apretó los puños, temblando de rabia. No sabía que Dominic estaba convencido de que esos niños eran de Maxwell; ella solo veía a un hombre que tenía a sus propios hijos biológicos a pocos metros y prefería darles la espalda para huir.

Maxwell clavó su mirada en el niño que cargaba Dominic, pero no pudo ni siquiera verlo, apenas el reflejo de su cabello claro.

—Ella es rubia… —susurró bajito para sí mismo.

—Eres un infeliz —susurró Grace, con la voz quebrada por el odio y el dolor—. Un maldito infeliz.

—¿Qué pasa, mami? —preguntó Doménica, tirando de su mano.

Grace no respondió. Sus ojos ardían mientras veía el auto de Dominic alejarse a toda velocidad. Le dolía el pecho por sus hijos, por el desprecio que acababan de recibir de un padre que ni siquiera se dignó a reconocer su existencia. Si antes quería destruirlo por negocios, ahora quería verlo de rodillas por haber ignorado la sangre de su sangre.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La amante despreciada del CEO