Grace estaba en su oficina terminando de revisar unos balances cuando la puerta de comunicación interna se abrió. Dominic entró con el teléfono aún en la mano, cerrando detrás de sí. Se acercó a su escritorio, esperó a que ella dejara los papeles y la tomó de la mano, mirándola con total seriedad.
—Acaba de llamar el detective Harris —comenzó Dominic, midiendo sus palabras—. Detuvieron a André Brown. Se quebró en el interrogatorio y confesó todo. Declaró que mi abuela Charlotte fue quien orquestó el intento de secuestro.
Grace sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. Dejó caer las manos sobre el escritorio, mirando las carpetas mientras procesaba la noticia.
—Yo no comprendo por qué la señora Charlotte nos odiaba tanto a tu madre y a mí —dijo Grace con un hilo de voz—. ¿Solo por no ser de su misma clase social?
—Creo que mi abuela nunca estuvo bien de la cabeza —respondió Dominic, rodeando el escritorio para quedar junto a ella y rodearla con sus brazos—. Pero eso ya no importa. Ahora ya no hay enemigos, ni nadie que se interponga entre nosotros.
Grace se relajó contra su pecho, sintiendo la seguridad de su agarre. Dominic la tomó de la barbilla, obligándola a mirarlo, y la besó con una lentitud profunda, llena de aliento y alivio. Cuando el beso se rompió, Grace se separó apenas un centímetro, mirándolo con fijeza.
—Dominic, quiero hablar contigo de los arreglos de la boda —soltó ella, buscando sus ojos—. Yo no quiero algo tan fastuoso como lo que estás planeando con la organizadora. Quiero algo íntimo, sencillo.
Dominic frunció el ceño de inmediato, claramente inconforme con la propuesta.
—Pero yo quiero que el mundo entero sepa que te amo, Grace —replicó él, con voz firme—. Te mantuve oculta en el pasado, y solo cuando te perdí me di cuenta de cuánto te amaba. Sufrí como un condenado todos estos años lejos de ti. Ahora quiero darte públicamente el valor que siempre debiste tener en mi vida.
Grace sonrió con dulzura y la mirada se le iluminó por completo. Le puso una mano en la mejilla, acariciando la línea de su mandíbula.
—Ya me diste ese valor, Dominic —le aseguró con voz suave—. Ya sé que me amas. Con que yo lo sepa, para mí es más que suficiente. No necesito mostrárselo a nadie más.
Dominic la observó en silencio, procesando la firmeza de su petición en medio de la oficina. Hizo una evidente mueca de disgusto, resignado a perder esa batalla contra ella.
—Está bien —cedió Dominic, soltando un suspiro—. Con tal de que seas feliz, lo acepto. Haremos la boda como tú quieras.
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—Nikolai, prepárate. Quiero que me lleves al lugar donde está Dimitric Pierce —ordenó Leonor, mirándolo con fijeza.
Nikolai se detuvo en seco, tensando los hombros de inmediato. Sus ojos reflejaron una mezcla de rechazo y preocupación contenida.
—Señora, no creo que sea correcto que vaya a ver a ese hombre —respondió Nikolai, con una voz más rígida de lo habitual—. Apenas está en proceso de recuperación y no es un lugar adecuado para usted.
—Debo verlo, Nikolai. Tengo que hablar con él —sentenció Leonor con un tono suave pero inquebrantable.
Nikolai apretó las manos detrás de la espalda, sintiendo el temor real de perderla si ella decidía perdonar al pasado, pero su lealtad pudo más. No la contradijo. Asintió con la cabeza en silencio y caminó hacia la salida para preparar el auto.
Al llegar al centro de rehabilitación, la encargada de la recepción los miró con amabilidad pero negó con la cabeza al escuchar la petición de la condesa.

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