Grace entró en la casa como un torbellino, arrojando su bolso sobre la consola del recibidor con una fuerza que hizo saltar los adornos. Su rostro estaba congestionado por la rabia y el miedo contenido. Todos habían llegado juntos tras el encuentro en el parque, y el silencio en la entrada era asfixiante.
—¡Rose! —gritó Grace, y su voz resonó en toda la planta baja—. Te di instrucciones precisas. Te dije que no salieran de casa hoy. ¿En qué estabas pensando al llevarlos a la empresa?
La niñera bajó la cabeza, temblando ante el tono de su jefa, pero antes de que pudiera articular una disculpa, Derek se interpuso entre ambas.
—No fue culpa de ella, mamá —dijo el niño con firmeza, cruzándose de brazos—. Nosotros insistimos. Estábamos aburridos y queríamos verte.
—Sí, nosotros la convencimos —secundó Doménica, colocándose al lado de su hermano—. Rose solo quería que estuviéramos felices.
Maxwell, que venía cerrando la puerta tras ellos, observó la escena con el ceño fruncido. La tensión que emanaba Grace se podía sentir a kilómetros, pero había algo más en su mirada, era el dolor de ver que Dominic Pierce ni siquiera tuvo la intención de conocer a sus hijos. .
—¿Qué ocurrió exactamente en el parque? —preguntó Maxwell, acercándose a los niños con tono protector—. ¿Hablaron con ese hombre? ¿Él les dijo algo?
Los mellizos intercambiaron una mirada rápida, un código silencioso que compartían desde pequeños. Doménica recordó el momento del inhalador y la cara de angustia de aquel señor, pero decidió que no era buena idea mencionar que habían desobedecido las reglas de salud.
—No pasó nada —respondió Doménica con una naturalidad pasmosa—. Solo estábamos jugando con el hijo de ese señor y ya. No hablamos con nadie más.
—Solo fue un rato de fútbol —añadió Derek, restándole importancia mientras se encogía de hombros—. El niño se cansó y su papá se lo llevó. Eso es todo.
Grace sintió un escalofrío que le recorrió la espalda.
«Mis hijos jugando con su medio hermano, tan cerca de su verdadero padre» pensó, y sintió naúseas. La imagen de los tres niños juntos en el césped era una pesadilla que nunca creyó ver hecha realidad. El destino se estaba burlando de ella, poniendo a los hijos que Dominic despreció frente al hijo que él sí decidió amar y proteger.
—Vayan a sus cuartos ahora mismo —ordenó Grace, tratando de que su voz no temblara—. No quiero volver a escuchar una palabra sobre ese parque ni sobre esa gente.
Los niños obedecieron en silencio, subiendo las escaleras con rapidez. Maxwell se quedó a solas con Grace, observando cómo ella se apoyaba en el barandal, respirando con dificultad.
—Grace, solo fue un encuentro casual entre niños —intentó calmarla él, poniéndole una mano en el hombro—. Dominic se fue, ni siquiera los miró.
—Ese es el problema, Maxwell —susurró ella, con los ojos llenos de amargura y de lágrimas aunque trataba de ser fuerte—. No los miró porque no le importan. Pasó junto a ellos como si fueran basur@. Pero el universo parece empeñado en juntarlos, y no voy a permitir que ese hombre toque mi mundo otra vez.
****

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La amante despreciada del CEO