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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 236

A las ocho en punto, el ronroneo sordo de un elegante convertible clásico irrumpió en la tranquila calle del edificio donde Danna se hospedaba.

Danna miró por la ventana del loft, ajustándose el cinturón de su abrigo color crema. Dimitric Pierce estaba apoyado junto a la portezuela del copiloto, vistiendo un jersey de cuello alto en tono gris oscuro bajo un abrigo azul marino que marcaba sus hombros anchos. Sin traje, sin corbata formal, pero conservando una presencia imponente que quitaba el aliento.

—Ese hombre es tan varonil —dijo ella susurrando. Sintiendo un cosquilleo en el estómago.

Cuando ella bajó a la acera, Dimitric se enderezó con esa gracia pausada que le era tan natural. Le abrió la puerta personalmente, dedicándole una sonrisa lenta.

—Puntual. Me gusta eso en una mujer —murmuró con voz grave, inclinándose apenas para recibirla con un roce sutil de su colonia amaderada en el aire.

Danna tragó saliva, esforzándose por mantener la postura mientras se acomodaba en el asiento de cuero.

—No me gusta hacer esperar a la gente, señor Pierce.

—Dimitric —la corrigió él, rodeando el vehículo para ocupar el asiento del conductor—. Hoy nos dejamos los títulos en el vestíbulo, Danna.

El viaje no fue por la jungla de concreto habitual de Manhattan. Dimitric condujo hacia el norte, alejándose del caos urbano hasta adentrarse en los senderos tranquilos de Wave Hill, un jardín público histórico y escondido a orillas del río Hudson, en el Bronx. Era un rincón casi secreto, rodeado de naturaleza madura, pérgolas cubiertas de vegetación y una vista panorámica impresionante hacia los acantilados. A esa hora de la mañana, el lugar estaba prácticamente desierto.

Comenzaron a caminar por un sendero de piedra rústica e irregular, rodeado de vegetación húmeda por el rocío matutino. Danna, al dar un par de pasos con sus tacones, sintió que el pie se le doblaba ligeramente sobre una superficie inestable. Antes de que pudiera perder el equilibrio, la mano firme y cálida de Dimitric la sujetó con agilidad por la cintura para sostenerla, trasladando luego su agarre a la mano de ella, entrelazando sus dedos sin pedir permiso.

El aire fresco matutino golpeaba suavemente el rostro de Danna, pero el calor que sentía por dentro, comenzando por el punto exacto donde sus manos permanecían unidas, no tenía nada que ver con el clima.

—Es hermoso... —susurró ella, contemplando el reflejo del sol sobre la superficie del río mientras intentaba ignorar la fuerza con la que él sostenía su mano.

—Lo descubrí hace unos años —dijo Dimitric, caminando a su lado, tan cerca que sus hombros se rozaban ocasionalmente—. Cuando todo a mi alrededor era un desastre, venía aquí a recordar cómo se sentía el silencio.

Danna lo miró de reojo, sintiendo el agarre firme del hombre a su lado.

—No parece el tipo de hombre que busca el silencio.

Dimitric sonrió de lado, deteniéndose junto a un mirador de piedra bordeado de hiedra, sin soltarle la mano ni un solo segundo.

—No lo era. Pero cuando cometes suficientes errores en la vida, aprendes a valorar las pausas.

Danna sintió una punzada de curiosidad, pero la cautela la hizo mantener cierta distancia emocional. Se acomodó el cuello de su abrigo con la mano libre.

—Grace me contó algo... —admitió en un susurro tenue—. Sé que no has tenido un camino fácil últimamente.

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