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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 239

Al día siguiente, el sol apenas despuntaba sobre los rascacielos cuando Danna llegó a la residencia Pierce. Llevaba el abrigo bien abotonado hasta el cuello, aunque el verdadero calor le recorría por dentro al recordar cada segundo de la noche anterior.

Buscó a Grace y la encontró en el salón principal, le estaba dando de lactar al pequeño Darren.

—Grace... vengo a despedirme —soltó Danna de golpe, apretando la correa de su bolso.

Grace alzó la mirada, frunciendo el ceño de inmediato. Dejó al bebé en el moisés y se levantó.

—¿Por qué? Pensé que te quedarías más tiempo, lo prometiste.

—Es que surgió un imprevisto en San Francisco —mintió Danna, bajando la vista un segundo—. Debo volver al trabajo.

Grace, que la conocía de sobra y le leía las intenciones a kilómetros, se cruzó de brazos y sacó el teléfono del bolsillo.

—Voy a llamar a Maxwell a exigirle que respete tus vacaciones. No tiene por qué molestarte ahora.

—No, no lo llames —se apresuró a decir Danna, extendiendo la mano para detenerla.

—Dime la verdad o me enojaré contigo —sentenció Grace, clavándole una mirada inquisidora y firme.

Danna sintió que el rostro se le encendía por completo. Inclinó la cabeza, mordiéndose el labio inferior con fuerza, buscando las palabras exactas que no sonaran escandalosas.

—Grace... es que Dimitric y yo... bueno, tú sabes.

Grace entornó los ojos, divertida.

—¿Qué sé? ¿Qué te gusta?

—No me hagas decirlo... —suplicó Danna, cubriéndose el rostro con ambas manos.

—Por favor, somos adultas. ¿Qué pasó?

Danna tomó aire, miró a su amiga a los ojos y lo soltó de una sola vez:

—Tuve relaciones con tu suegro.

El silencio reinó un segundo en la habitación. Grace apretó los labios, conteniendo la risa, y la miró de arriba abajo con complicidad picante.

—¿Y qué? ¿No estuvo en forma? ¿Te quedó debiendo?

—¡Cállate! No... todo lo contrario —exclamó Danna, tapándose la cara de nuevo, aunque la sonrisa se le escapaba entre los dedos—. Me encantó, Grace... Él es... ay, no sé cómo decirlo. Es como sacado de un cuento y me da miedo. Porque los hombres perfectos no existen, y él es perfecto.

Grace soltó una carcajada limpia y sonora que resonó por todo el salón. Se acercó a ella y le tomó los hombros con cariño.

—No es perfecto, Danna. Está luchando contra sus demonios, así como tú. Huir no es la solución... ¿A qué le temes?

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