Un exclusivo salón reservado en uno de los restaurantes más elegantes de la ciudad se transformó esa noche en el escenario perfecto para una despedida de soltera privada, distinguida y deliciosamente escandalosa. Luces neón en tonos rosa, globos con formas bastante explícitas y una barra de coctelería atendida por un barman con el torso al descubierto recibían a las invitadas.
Sobre la mesa central, las copas se llenaban con distintas preparaciones.
—A ver, hagamos un recuento del equipo —anunció Danna con una copa de champán en la mano y una diadema con cuernos luminosos en la cabeza—. Sarah, copa de champán sin alcohol con arándanos por el bebé. Grace, agua de coco para mantener la producción de leche materna del pequeño Darren. Y la condesa...
—Té helado de frambuesa con cero alcohol por mi nuevo corazón —interrumpió Leonor, ajustándose una boa de plumas fucsia alrededor del cuello—. Así que tú, Danna, tienes la sagrada obligación moral de beberte lo de las tres.
—Acepto el sacrificio con absoluta dignidad —declaró Danna, dándole un buen trago a su copa entre los vítores y las risas de todas.
Grace ya tenía el teléfono en alto, encuadrando la escena en ángulo horizontal.
—Di algo para la posteridad, suegra. Le estoy mandando el primer video a tu hijo para que le dé su primer ataque de pánico de la noche.
Leonor miró fijamente a la cámara, guiñó un ojo con picardía y se inclinó hacia el micrófono del teléfono.
—¡Dominic, mi vida! No te preocupes por tu esposa, yo se la estoy cuidando... aunque de los abdominales que vienen en camino no respondo.
—¡Esa es mi exsuegra! —gritó Sarah, soltando una carcajada y haciendo sonar sus palmas mientras tomaba un sorbo de su cóctel virgen.
En ese instante, la música cambió a un ritmo pop sumamente provocativo y la puerta lateral del salón reservado se abrió. Dos bailarines atléticos, ataviados únicamente con pantalones de cuero negro y pajaritas al cuello, hicieron su entrada triunfal.
Las chicas estallaron en gritos de júbilo. Grace no dejaba de grabar, enfocando la cara de espanto fingido que puso Sarah cuando uno de los chicos se acercó a hacerle un baile suave, y la risa desenfrenada de Leonor, quien sin ningún tipo de timidez sacó un fajote de billetes del bolso y los deslizó en el resorte del pantalón del stripper.
—¡Por todos los cielos! —exclamó la condesa, abanicándose con la mano mientras el bailarín giraba frente a ella—. En mis tiempos los guardaespaldas no venían con semejantes atributos... aunque bueno, Nikolai no se queda atrás.
—¡Leonor, por favor! —chilló Sarah, cubriéndose la cara de la risa—. ¡No cuentes tus intimidades!
—Ay niña, ni que no hicieras las mismas cosas que yo hago con mi ruso hermoso, con tu marido.
Todas carcajearon al ver como Sarah abrió los ojos de par en par.
—¡Que baile Danna! —empezó a corear Grace, apuntándola directamente con la cámara—. ¡Danna al centro!
El bailarín más alto tomó a Danna de la mano y la hizo girar, pegándola suavemente a él para un movimiento de cadera. Danna, ya con un par de copas encima y la adrenalina al máximo, le siguió el juego riendo a carcajadas y dejándose llevar por la música.
—¡Eso, Danna! —gritó Leonor, dándole un trago a su té—. ¡Disfruta ahora que tu sugar daddy no está viendo!
—¡Que no es mi sugar! —protestó Danna entre risas, intentando mantener el equilibrio mientras el stripper la tomaba por la cintura.
—Por favor, si Dimitric ve este video, compra la compañía de strippers completa solo para quemarla —añadió Sarah divertida, grabándola también desde su lugar.
—¡Y al bailarín se lo manda de paquete a Alaska! —remató Grace, haciendo zoom al rostro sonrojado de Danna.
—¡Sigan hablando y le mando una foto de las tres a la prensa! —amenazó Danna, liberándose del baile para dar otro trago a su copa, entre los aplausos y los gritos de sus amigas.

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