La música del salón reservado finalmente comenzó a bajar de volumen mientras el evento llegaba a su fin. Sarah, Leonor y Grace caminaban hacia la salida entre risas y comentarios de la noche. Aunque las tres estaban radiantes, ninguna había probado una sola gota de alcohol por sus respectivas razones.
Danna, por el contrario, no se había privado de nada. Avanzaba a tropezones, apoyándose pesadamente en el hombro de Grace, con la diadema de cuernos torcida y un tacón en la mano.
—Definitivamente... el champán de ese lugar estaba demasiado bueno —balbuceó Danna, levantando el tacón como si fuera un micrófono.
—Y te tomaste el tuyo, el mío, el de Sarah y casi el del barman —reconoció Grace entre risas, pasándole un brazo por la cintura para mantenerla en pie.
Al cruzar las puertas de cristal del establecimiento y salir a la brisa nocturna de la calle, la figura de Dimitric Pierce apareció recortada contra la luz de los faroles. Vestía un elegante traje oscuro, impecable, y las esperaba recostado contra su auto negr0 con los brazos cruzados.
—Bellas damas —dijo Dimitric con una sonrisa galante y la voz grave, ajustándose el reloj de pulsera—. Espero que se hayan divertido.
Leonor se detuvo en seco, acomodándose la boa de plumas y arqueando una ceja con sorpresa.
—¿Qué haces aquí? ¿Cómo supiste?
—Seguro fue Dominic —añadió Grace poniendo los ojos en blanco, aunque divertida—. Apuesto a que él te mandó a monitorear.
—No, yo no vine por ustedes —respondió Dimitric con total desenvoltura, dando un par de pasos hacia ellas—. Aunque si desean las puedo llevar. Vine por mi dulce ángel.
Danna entreabrió los ojos, enfocando la silueta de Dimitric con evidente dificultad. Una sonrisa enorme y descarada se le dibujó en los labios. Apretó el tacón en su mano y se apoyó más en Grace para señalarlo con dramatismo.
—¡Mírenlo! —exclamó con voz arrastrada, soltando una risita eufórica—. Mi sugar... Mi sugar daddy vino por mí. ¡Qué bien te ves, por Dios!
Grace y Sarah soltaron un chiflido cómplice mientras Leonor reía divertidamente detrás de su boa.
—Qué galante el sugar —dijo Leonor bromeando.
Dimitric la miró de reojo, inclinando la cabeza con picardía.
—¿Celosa?
Leonor estalló en una carcajada limpia y sonora que resonó en la acera.
—¡Claro que no! Yo tengo a alguien que me dice «mi señora» y me trata como una reina.
—Ah, ese ruso... —asintió Dimitric con tono burlón—. Pues sí, te está esperando en la carroza de la Cenicienta.
En ese momento, la puerta de una camioneta aparcada al frente se abrió y Nikolai bajó a paso firme. Con su imponente estampa, avanzó directamente hacia Leonor con la vista fija únicamente en ella. Al llegar, le rodeó la cintura con delicadeza pero con total autoridad, cubriéndole los hombros con su propio saco para protegerla del viento.
—Es hora de ir a casa, mi señora —le dijo el ruso al oído con voz profunda, inclinándose para darle un suave beso en la mejilla frente a todas.

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