Pasaron los días y el silencio desde Nueva York empezaba a crisparle los nervios a Grace.
—Algo trama —susurró para sí misma—, lo conozco bien, él jamás se queda con los brazos cruzados.
Se sumergió en el trabajo, revisando gráficas y reportes hasta altas horas de la noche, esperando que Dominic diera su brazo a torcer y aceptara el contrato de arrendamiento por los terrenos. Cada vez que su asistente entraba, Grace esperaba ver la firma de Pierce aceptando sus condiciones, pero el documento seguía acumulando polvo en el despacho de la Quinta Avenida.
Una mañana, Maxwell entró en su oficina con el abrigo en la mano y el rostro endurecido por una determinación sombría. Se acercó a ella y le dio un beso rápido en la sien, pero sus ojos reflejaban una molestia que iba más allá de lo profesional.
—Me voy a Nueva York, Grace —anunció Maxwell, ajustándose los puños de la camisa con movimientos mecánicos—. El tema con Sarah ya pasó todos los límites. No solo se negó a diseñar el Ave Fénix, sino que se está tomando su tiempo para devolver el anticipo. Esa mujer cree que sigo siendo el hombre al que puede manejar a su antojo, y no voy a permitir que se burle de mí otra vez.
Grace levantó la vista del ordenador y sus ojos brillaron con un rencor gélido. La mención de Sarah siempre era un recordatorio del desprecio de Dominic a ella.
—Haz que se arrepienta, Maxwell —solicitó ella, con una voz cargada de veneno—. Haz que entienda que no es nadie para jugar con nosotros. No le des tregua; quiero que sienta que ahora tienes el poder suficiente para aplastar su preciado taller si no devuelve lo que te pertenece de inmediato.
Maxwell asintió, sintiendo cómo el resentimiento por los años de comparaciones y desprecios de Sarah afloraba en su pecho. Para él, recuperar ese dinero era la excusa perfecta para verla a los ojos y demostrarle que el hombre que dejó atrás ahora era quien tenía el control.
—No te preocupes. Cuando termine con ella, sabrá exactamente quién soy ahora —prometió él antes de salir.
Grace se quedó sola, apretando el bolígrafo con tanta fuerza que sus dedos dolieron. Mientras Maxwell viajaba para saldar cuentas personales con la esposa de Dominic, ella no imaginaba que en los muelles de San Francisco, el primer barco de su flota acababa de recibir la orden de prohibición de atraque por órdenes directas de Pierce Global y su CEO: Dominic Pierce.
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Maxwell llegó a Nueva York derrochando una seguridad que atraía todas las miradas. Caminó por la exclusiva Quinta Avenida con el paso de quien se sabe dueño del mundo. Al entrar en la joyería, una de las empleadas se acercó de inmediato, deslumbrada por su atractivo.
—Bienvenido, señor. ¿Busca alguna joya en especial para una ocasión importante? —preguntó la joven con una sonrisa profesional.
—Quiero hablar con Sarah Colleman —respondió él, corrigiéndose de inmediato con una mueca de fastidio—, perdón, con la señora Pierce.
La empleada le explicó que la señora estaba ocupada en el taller, pero Maxwell no se detuvo. Siguió a la chica hasta la oficina de la asistente, quien intentó interponerse en su camino con amabilidad.
—Lo siento, la señora Pierce no recibe a nadie sin cita previa.


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