—¡No! ¡No le vendan nada! —chilló Sarah, saliendo tras él con el rostro encendido de humillación. No podía permitir que Grace Scott luciera uno de sus diseños, y menos comprados por él.
Maxwell sacó su teléfono, activó la cámara y empezó a transmitir en vivo para sus miles de seguidores y contactos empresariales.
—Estoy en la Joyería Colleman —dijo mirando a la cámara con una calma letal—. La dueña, además de ser poco profesional...
Sarah se lanzó sobre él y le arrebató el teléfono de un manotazo, respirando con dificultad.
—Eres un imbécil —le siseó al oído, con los ojos inyectados en rabia—. No me vas a destruir. Diseñaré esa maldita joya del Ave Fénix, pero te advierto que te costará el doble por el insulto.
Maxwell la miró desde su altura, sin inmutarse por la cercanía.
—No me importa el precio —respondió él, recuperando su teléfono con un movimiento brusco—. Pero quiero que la inscripción diga: Como el fénix, nuestro amor renacerá siempre de las cenizas. Para mi único y eterno amor, Grace.
Sarah apretó los puños con fuerza, la mandíbula le tembló. Sus ojos se fijaron en los de Maxwell, buscando algún rastro de la devoción que él solía tenerle, pero solo encontró un muro de hielo y una devoción nueva que la hacía sentir insignificante. La mención de Grace, y esa frase cargada de un significado en esa joya que era símbolo de lo que ellos tuvieron fue como un ácido quemándole el orgullo.
—Esa leyenda es demasiado larga para una pieza tan delicada —escupió ella, tratando de recuperar su autoridad profesional mientras su pecho subía y bajaba con agitación—. No pretendas darme lecciones de diseño. Es ridículo y de mal gusto.
Maxwell se inclinó apenas, invadiendo su espacio personal lo suficiente para que ella pudiera percibir su aroma, uno mucho más caro y sofisticado que el que recordaba.
—Entonces hazlo más grande, Sarah. Agranda el fénix, usa más oro, más diamantes. No me importa si termina pesando un kilo —respondió él con una sonrisa perversa—. Quiero que cada letra de ese mensaje esté grabada de forma que Grace nunca olvide que ella es mi principio y mi fin. Lo que tú consideres de mal gusto me tiene sin cuidado.
Sarah sintió un nudo amargo en la garganta. La idea de pasar horas en su taller trabajando en una obra maestra dedicada a la mujer que ahora era el centro del universo de Maxwell y el fantasma en su matrimonio con Dominic la ponía enferma.
—Te costará una fortuna —sentenció ella, desviando la mirada hacia las vitrinas para evitar que él viera el brillo de las lágrimas de rabia en sus ojos.
—Mándale la factura a mi asistente. Tienes mi correo — Maxwell se dio la vuelta, dándole la espalda con una indiferencia absoluta que la dejó temblando en medio de su propia tienda—. Tienes siete días, Sarah. Ni uno más. Si para entonces el fénix no está volando hacia San Francisco, la demanda por daños y perjuicios será lo último de lo que te preocupes.


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