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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 27

Grace entró en la casa como un vendaval, dejando las llaves sobre la mesa con un golpe seco que llamó la atención de todos en la estancia. Su rostro, habitualmente sereno y calculador, estaba encendido mostrando la furia que trataba de esconder.

—¡Rose! —llamó mientras subía los primeros peldaños de la escalera hacia su habitación—.Me voy a Nueva York ahora mismo.

Rose apareció en el pasillo, seguida de cerca por los mellizos, quienes detuvieron sus juegos al sentir la tensión que emanaba de su madre. Derek y Doménica se intercambiaron una mirada rápida antes de acercarse a ella.

—¿A qué vas a Nueva York, mami? —preguntó Derek, cruzándose de brazos con un gesto que recordaba demasiado al hombre que Grace iba a enfrentar.

—Negocios, cariño. Solo negocios —respondió ella sin detenerse, entrando en su habitación para recoger unos documentos vitales.

—¿Te vas a encontrar con papá? —soltó Doménica con la curiosidad brillando en sus ojos grises.

Grace se quedó paralizada, con la mano sobre el picaporte. El corazón le dio un vuelco incómodo. No podía decirles que iba a enfrentar a su verdadero padre. Los niños imaginaban que ella iba a encontrarse con Maxwell.

—No lo sé —mintió, forzando una sonrisa—. Le voy a preguntar, pero prefiero que esté aquí con ustedes mientras yo vuelvo. Vayan a seguir jugando.

Se encerró en el dormitorio y, con las manos temblando de rabia, marcó el número de Maxwell. Él contestó al segundo tono, y Grace no esperó a los saludos.

—Dominic tiene los barcos retenidos, Maxwell. Ha bloqueado las rutas. Nuestros clientes están perdiendo la paciencia y nosotros estamos perdiendo millones por hora.

—¡Ese infeliz de Pierce! —la voz de Maxwell tronó al otro lado de la línea, cargada de un odio profundo—. Sabía que no se quedaría quieto. Escúchame, estaba saliendo al aeropuerto, pero ahora voy ya mismo a la oficina de Pierce, voy a enfrentarlo y le voy a romper la cara si no libera esos buques.

—No —sentenció Grace, con una autoridad que no admitía réplicas—. Iré yo. Esta es mi guerra, esto es personal entre él y yo. Pero necesito que vuelvas, Maxwell. No quiero que los niños estén solos con Rose después de lo que pasó en el parque. Quiero que estés con ellos.

Hubo un silencio al otro lado. Maxwell suspiró, frustrado por no poder encarar a su rival, pero entendiendo que la prioridad eran los pequeños.

—Está bien. —Se quedó en silencio un segundo. —¿Estás segura de venir a su terreno y enfrentarlo sola?

Grace suspiró profundo.

—No le tengo miedo y lo conozco bien. Tranquilo, estaré bien.

—Salgo ya mismo para el aeropuerto. Pero ten cuidado, Grace. Dominic no es el mismo hombre que conociste; ahora es un animal herido y es mucho más peligroso.

—No lo olvido, abuela. Sé perfectamente cuáles son mis responsabilidades —dijo él, aunque el recordatorio de la salud de Arthur le oprimió el pecho.

Charlotte soltó una risotada amarga, llena de veneno.

—Esa mujercita... seguro engatusó a otros millonarios para llegar a donde está. ¿Cómo es que ahora tiene dinero y poder? Es obvio que usó sus artes para trepar.

Dominic apretó los puños debajo de la mesa, sintiendo una chispa de rabia defensiva que no pudo contener. La mandíbula se le tensó tanto que los músculos de su cuello se marcaron bajo la camisa.

—Ella siempre fue inteligente y trabajadora —masculló Dominic, defendiéndola casi por instinto—. Sabe cómo hacer las cosas. Aprendió del mejor.

Charlotte lo miró con un desprecio infinito, golpeando el suelo con el bastón.

—Eres un iluso, Dominic. Un pobre iluso que sigue hechizado. Te lo advierto, si dejas que esa mujer se acerque de nuevo a nuestra familia...

De pronto, la puerta doble del despacho se abrió de par en par, interrumpiendo la amenaza de la anciana. La luz del pasillo recortó una silueta elegante, firme y desbordante de autoridad. Grace Scott estaba allí, con la cabeza en alto y una mirada que prometía causar un incendio y dejar todo vuelto cenizas.

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