Grace se quedó sin aliento en ese momento, sorprendida por la respuesta de él, abrió los labios para responder pero Dominic no le dio tiempo a reaccionar; acortó la distancia y la besó con una desesperación que sabía a años de amor no dicho y rencor no resuelto. Ella forcejeó, golpeándole los hombros, tratando de apartar ese contacto que amenazaba con derrumbar sus defensas. Por un instante, el cuerpo de Grace pareció flaquear, traicionándola bajo la presión de sus labios, pero el recuerdo de la escena en la oficina: Sarah besándolo, el niño que él amaba mientras ignoraba la existencia de los suyos, le devolvió la fuerza.
Lo empujó con todas sus fuerzas, apartándolo con violencia. Grace se limpió los labios con el dorso de la mano, con un gesto de asco profundo que hizo que Dominic retrocediera como si le hubieran disparado.
—En tu vida vuelvas a ponerme una mano encima —le siseó, con los ojos inyectados en rabia—. Tú tienes tu familia perfecta. Te casaste con una mujer de tu clase, no con una simple asistente. No voy a convertirme de nuevo en tu juguete ni en el capricho de un niño rico que se aburre de su esposa. No soy la tonta de antes, esa que se ilusionó creyendo que serías capaz de dejar algo por mí.
Dominic se tensó, con el rostro alterado por el rechazo y la frialdad de sus palabras. La humillación de no haber sido correspondido se transformó en un veneno que le nubló el juicio.
—Por un momento pensé en dejarlo todo, por ti Grace —le reclamó él, acercándose de nuevo con una expresión cruel—. Pero me di cuenta de que no valías la pena. Me di cuenta de que solo servías para ser mi amante. Porque mientras me hacías creer que me amabas, mientras me jurabas lealtad, te revolcabas con Maxwell Foster.
El sonido de la bofetada que le estampó Sarah resonó en el reducido espacio del elevador. El rostro de Dominic giró por el impacto y Grace sintió que la mano le ardía, pero nada comparado con el fuego que le quemaba el pecho.
—No tienes ni la más mínima idea de lo que estás hablando, Dominic Pierce —dijo ella con una voz que vibraba de odio puro.
Las puertas se abrieron en el vestíbulo. Grace salió de allí como un huracán, caminando con pasos tan firmes y cargados de furia que nadie se atrevió a cruzarse en su camino. Sentía que la sangre le hervía, era una rabia sorda que la hacía temblar de pies a cabeza. Solo quería llegar al aeropuerto y desaparecer de esa ciudad antes de que terminara cometiendo una locura. Estaba terminantemente prohibido volver a sentir algo por ese hombre que no fuera el deseo de verlo caer.
Caminó por la Quinta Avenida sin ver a nadie, con el sabor del beso de Dominic todavía amargo en los labios y el eco de su insulto taladrándole la cabeza.
«¿Solo su amante? ¿Él se atrevía a hablar de traición cuando me dio la espalda cuando más lo necesitaba?»

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La amante despreciada del CEO