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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 32

Dominic había regresado al despacho con el paso pesado y la mejilla todavía ardiendo por la bofetada que le estampó Grace. Se detuvo frente al ventanal, apretando los puños mientras intentaba controlar la respiración. El desprecio en los ojos de Grace lo había golpeado más fuerte que su mano; la forma en que se limpió los labios, como si su beso fuera algo repugnante, le había abierto una grieta en el pecho que no lograba cerrar.

El sonido de unos aplausos lentos y sarcásticos rompió el silencio. Dominic se tensó de inmediato. Había olvidado que Sarah estaba allí, de pie junto a su escritorio, con una sonrisa que era pura malicia. Había aprovechado que Arthur se había ido con la asistente para soltar el veneno que llevaba contenido.

—Qué maravilla de espectáculo, Dominic —soltó Sarah con voz chillona—. El gran magnate, el hombre que hace temblar a Wall Street, corriendo por los pasillos tras su antigua asistente. Tras una zorra que solo vino a escupirte en la cara.

—¡Cierra la boca! —rugió Dominic, dándose la vuelta con una violencia que hizo que Sarah retrocediera un paso—. No vuelvas a hablar así de ella. Ni una sola palabra.

Sarah soltó una carcajada histérica, aunque sus ojos brillaban de indignación. No podía creer que él todavía la defendiera después de todo lo que le habían dicho de ella.

—¿Todavía la proteges? Eres un patético —escupió ella, cruzándose de brazos—. Mientras tú te humillas buscándola, ella se ríe de ti en tu propia cara. ¿Sabes quién es el cliente del que te hablé? Pues es el esposo de esa mujer, Maxwell Foster. Me mandó a diseñar una joya exclusiva, un ave Fénix de esmeraldas y diamantes que cuesta una verdadera fortuna.

Dominic sintió un nudo en el estómago, pero se mantuvo inmóvil, escuchando cómo Sarah disfrutaba cada palabra de su ejecución.

—Me exigió que le grabara una leyenda de "amor eterno" —continuó ella con crueldad, acercándose a él hasta que pudo ver el dolor en sus ojos—. Y tú, como un estúpido, sigues creyendo que ella sintió algo por ti, o que le importas. Ella tiene una vida perfecta, un hombre que la idolatra y que le compra lo que tú nunca pudiste darle: estabilidad y respeto.

Dominic apretó la mandíbula con tanta fuerza que sintió un crujido. La imagen de Grace recibiendo esas joyas, de Maxwell susurrándole promesas de amor eterno mientras la tocaba, le provocó una náusea insoportable. Sintió una mezcla de rabia y una envidia amarga que lo estaba consumiendo vivo.

—Vete de aquí, Sarah —masculló él, con una voz que apenas era un susurro cargado de peligro—. Llévate a Arthur y vete a casa. Ahora mismo.

—Me voy, pero no olvides lo que te dije —sentenció Sarah, recogiéndose el bolso con elegancia—. Estás persiguiendo un fantasma que ya le pertenece a otro. Ella si alguna vez sintió algo por ti, ya te olvidó, Dominic. Y lo hizo con alguien mucho mejor que tú.

Cuando Sarah salió y la puerta se cerró con un golpe seco, Dominic descargó toda su furia contra el escritorio, barriendo con el brazo los papeles y otras cosas que terminaron estrellados contra el suelo.

«¿Me olvidó? ¡Tiene a alguien mejor que yo!»

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