Grace se levantó de la silla como si el contacto con Maxwell le quemara. Caminó por la sala, sintiendo que el aire le faltaba de nuevo.
—¡No lo quiero cerca! —gritó, dándose la vuelta—. Lo quiero lejos de mí, de mis hijos, de todo lo que hemos construido. Lo vi, Maxwell. Vi cómo abrazaba al hijo que tiene con Sarah, con un amor y una entrega que les negó a los míos. Se le veía tan orgulloso de ese niño... —Grace se quebró y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas sin control—. Lloré de rabia al verlo. Y luego llegó su esposa, a mostrarme que son la pareja perfecta, que ella es la reina de su imperio.
Maxwell se tensó al escuchar la mención de Sarah. Su expresión cambió, volviéndose sombría y cargada de una amargura que intentaba ocultar tras su fachada de esposo protector.
—¿Viste a Sarah? —preguntó con la voz ronca—. ¿En verdad... en verdad se ven felices?
Grace lo miró y, por un segundo, sintió una punzada de culpa. Sabía que lo que iba a decir le dolería a Maxwell tanto como a ella le había dolido verlo, pero la rabia era superior. Necesitaba que él entendiera que no había vuelta atrás.
—Sí, Maxwell. Son un matrimonio estable. Ella entró y lo besó frente a mí con una seguridad que solo te da saber que ese hombre es tuyo. Son una familia, tal como la abuela de Dominic quería.
Maxwell apretó los puños con tanta fuerza que sus nudillos crujieron. Sus ojos brillaron con un destello de rencor puro.
—Pues eso mismo les tenemos que mostrar nosotros a ellos —sentenció Maxwell, dando un paso hacia ella—. No podemos dejar que piensen que nos ganaron. Tenemos que demostrarles que nuestra familia es más sólida, que somos más felices.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La amante despreciada del CEO