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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 35

Al día siguiente, Grace abrió los ojos de golpe cuando sintió el peso de los mellizos saltando sobre su cama. Derek y Doménica se le subieron encima con esa energía inagotable de la infancia, ajenos por completo a la tormenta emocional que ella había vivido apenas unas horas antes.

—¡Mamá, es hoy! —exclamó Doménica, tironeando de su brazo—. Hoy tenemos que presentar las fotos familiares en el colegio. ¡Despierta!

Grace intentó forzar una sonrisa mientras se incorporaba con dificultad, sintiendo los párpados pesados. Se frotó la cara, tratando de conectar con la realidad después de una noche de pesadilla.

—Pero papá no está en casa —dijo Derek, frunciendo el ceño—. Lo buscamos en su cuarto y en la cocina, pero no hay nadie.

Grace frunció el ceño también, tratando de disimular la inquietud que empezaba a crecer en su pecho. Maxwell mantenía sus distancias y dormía en su propia habitación, pero jamás faltaba a las rutinas de la mañana con los niños.

—Quizás aún no vuelve de sus caminatas mañaneras —respondió ella, intentando sonar convincente.

—Pero hay algo de niebla —insistió Doménica, señalando hacia el ventanal donde el gris de San Francisco lo cubría todo—. Y él no sale cuando el clima está feo. Siempre dice que la humedad le dispara el asma.

Grace atrajo a los dos hacia su pecho y los abrazó con fuerza. La observación de los niños era lógica: Maxwell era extremadamente cuidadoso con su salud y la niebla era su principal enemiga por el asma. Si no estaba en su cuarto y ya lo habían buscado abajo, significaba que había salido a pesar del riesgo.

—Voy a investigar dónde está —les dijo con suavidad, dándoles un beso en la frente—. Mientras tanto, vayan a ponerse el uniforme. No quieren llegar tarde, ¿o sí?

—¡No! —gritaron ambos al unísono antes de salir corriendo hacia sus habitaciones.

Grace se quedó sola, mirando la bruma espesa tras el cristal. Se puso la bata mecánicamente, sintiendo un extraño presentimiento en el pecho. Bajó las escaleras paso a paso, esperando encontrar a Maxwell en el camino, pero la planta baja estaba desierta. Al llegar al comedor vio que ya no había documentos, ni estaba su computador. Entonces volvió a su alcoba agarró su móvil lo llamó, pero no obtuvo respuesta.

—¿Dónde estás? —preguntó Grace para si mismo, rascando su nuca—. Solo espero que no hayas ido a provocar a Sarah. No debí decirte que son un matrimonio feliz. —Cerró los ojos y se dejó caer en la cama.

****

Eran las diez de la mañana en Manhattan y el vestíbulo de Pierce Global se sentía pequeño para la furia contenida de Maxwell Foster. Caminaba de un lado a otro, con los puños hundidos en los bolsillos de su abrigo y la mirada fija en su reloj. Cada segundo que pasaba alimentaba su desprecio.

De pronto el sonido metálico del elevador privado anunció la llegada del magnate. Dominic salió con esa imponente presencia que solía doblegar voluntades, pero Maxwell no retrocedió. Se enderezó, ajustándose el cuello de su abrigo, y sostuvo la mirada con una firmeza que hizo que el aire en el lobby se volviera irrespirable. Eran dos titanes midiendo fuerzas, dos hombres que se odiaban a muerte por dos mujeres.

—Señor Pierce —la asistente se puso de pie de inmediato, nerviosa—. El señor insiste en hablar con usted, pero no tiene cita programada.

—Vengo desde San Francisco —interrumpió Maxwell, con una voz que resonó en todo el vestíbulo—. Y no me voy de aquí hasta que hablemos.

Dominic recorrió a Maxwell con una mirada gélida.

—Cancela mi cita de las diez y media —le ordenó a la asistente sin quitarle la vista de encima a Maxwell—. Que nadie nos interrumpa. Ven.

—No es miedo, Pierce. Grace te detesta. Te desprecia con cada fibra de su ser. Yo velo por ella, por su estabilidad emocional, porque no voy a permitir que la hagas sufrir de nuevo, que la utilices como lo hiciste antes. Ella es una mujer que vale demasiado; es inteligente, leal, una madre entregada que me ha ayudado a levantar la empresa con una dignidad que tú no podrías ni imaginar. Jamás la mereciste, Dominic. Nunca estuviste a su altura.

Dominic tragó saliva, no dejó de mirar a Maxwell pero por dentro las palabras de ese hombre lo estaban aniquilando.

«Jamás la mereciste»

Sin que ellos se dieran cuenta, afuera Sarah se quedó petrificada con la mano a milímetros de la cerradura. Había llegado dispuesta a armar un escándalo porque Dominic no había dormido en casa, pero las palabras de Maxwell la golpearon como un bloque de hielo.

«¿Qué tiene ella que yo no?» pensó Sarah, sintiendo que el aire se le escapaba. Escuchar a Maxwell hablar con esa devoción le desgarró el orgullo.

«Entiendo que te alejé de mi vida, Maxwell, pero no podíamos estar juntos, mi familia jamás lo habría permitido. Aun así, tú decías que me amabas. ¿Cómo puedes hablar así de esa asistente?»

Sarah apretó los dientes, sintiendo una humillación que le quemaba la garganta. Escuchar tantos halagos para Grace en boca del hombre que una vez fue suyo la hacía sentir como una sombra.

«La admiras, mientras a mí me humillas por ella. ¡Maldita Grace» pensó herida por la comparación inevitable.

Se alejó de la puerta con pasos torpes, sintiéndose pequeña en sus propios zapatos caros. Todo el veneno que sentía contra Grace se transformó en una tristeza profunda y amarga. Se fue de la oficina lastimada, dándose cuenta de que, mientras ella se esforzaba por mantener las apariencias de su matrimonio perfecto, los dos hombres más importantes de su vida seguían orbitando alrededor de la misma mujer.

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