Doménica dio un paso al frente. Sus ojos estaban aguados. Eran los ojos de Dominic, idénticos, gélidos y afilados, pero tristes y llorosos.
—Tenemos los ojos grises, mamá. Los de papá Maxwell son café. Los nuestros son del mismo color del señor del parque, el papá de nuestro amigo Arthur —soltó la niña con una lógica que a Grace le supo a hiel.
Grace se quedó paralizada, las preguntas de sus hijos se clavaban como dagas en su corazón. Miró a Doménica y luego a Derek, sintiendo una angustia que le oprimía el corazón.
¿Cómo les decía que su verdadero padre los había rechazado antes de que dieran su primer suspiro? ¿Cómo les explicaba que el hombre que compartía esos ojos grises no quería saber nada de ellos?
—No vuelvas a golpear a nadie, Derek —dijo Grace con una voz cortante y fría, evitando a toda costa la mirada inquisidora de su hija—. La violencia no soluciona nada.
—¡Pero él dijo que papá no es nuestro papá! —gritó el niño, frustrado por la falta de una respuesta clara.
—Maxwell es su papá y eso es lo único que debe importarles —sentenció ella, poniéndose de pie con una rigidez que asustó a los pequeños—. Ya les explicamos que los rasgos físicos son cosas de la genética, de antepasados que no conocieron. No pierdan el tiempo escuchando tonterías de otros niños. Pidan disculpas a la directora. Ahora. Nos vamos a casa.
Sin embargo aunque eran pequeños y no entendían bien lo de la genética, tenían dudas acerca de que si Maxwell era su verdadero padre porque no era la primera vez que alguien les decía eso, en preescolar habían oído a las madres de sus compañeros referirse a ese tema.
No dijeron nada más para no alterar a Grace.
****
Maxwell entró en la joyería con paso firme. Ignoró a la asistente que intentaba detenerlo frente a la oficina privada de Sarah.
—Señor, no puede pasar, la señora está ocupada —insistió la empleada.
—Dígale que vengo por el ave Fénix —sentenció él sin detenerse.
Dentro del despacho, Sarah sintió que el corazón se le detenía. Al escuchar ese nombre, se puso de pie de un salto, sintiendo una punzada de pánico. Maxwell no podía ver a Arthur bajo ninguna circunstancia.
—Cariño, termina la tarea —le susurró a su hijo con urgencia—. Mamá va a atender a un cliente, por favor no salgas por nada del mundo. ¿Entendiste?
Arthur asintió, extrañado por el tono de su madre. Sarah salió de inmediato, cerrando la puerta tras de sí y bloqueando el paso de Maxwell. Lo miró de arriba abajo; estaba imponente, elegante y mucho más atractivo de lo que recordaba. Un estremecimiento recorrió su espalda, pero apretó los dientes para controlarse.
—¿Qué desea, señor Foster? —preguntó con voz gélida.
—Vine yo mismo por el ave Fénix —respondió él, recorriéndola con una mirada que no ocultaba su desprecio—. Pronto es mi aniversario de bodas con mi amada esposa y quiero darle ese regalo. Además, es más seguro que yo mismo lo lleve.
Sarah sintió una punzada de envidia al escucharlo hablar de Grace de esa forma.
—¿Eres feliz?
—Claro que lo soy —mintió ella de inmediato, sosteniendo la mirada.
—Pues no lo creo. No creo que seas feliz con un hombre que pretende robarme a mi mujer. Pero quiero que tengas claro algo y que se lo digas a él: ustedes dos no nos interesan. No despiertan en nosotros ningún sentimiento más que lástima y desprecio.
La humillación le quemó la sangre a Sarah. Sin pensarlo, levantó la mano para abofetearlo, pero Maxwell fue más rápido. La sujetó de la muñeca con fuerza y tiró de ella, pegándola a su cuerpo. Sarah sintió el calor de su pecho y el latido acelerado de su propio corazón. Por un segundo, sus miradas se encontraron y él pareció tentado a besarla, un impulso residual del pasado que la hizo estremecerse.
«¿Va a hacerlo?» pensó ella, cerrando los ojos por una milésima de segundo.
Pero Maxwell la empujó bruscamente, alejándola.
—No te atrevas a ponerme una mano encima —masculló con asco.
En ese momento de tensión absoluta, el sonido de la puerta del taller abriéndose los interrumpió. Una vocecita suave llenó el aire.
—¿Mami?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La amante despreciada del CEO