Sarah se quedó helada, sintiendo que la sangre se le retiraba del rostro mientras la puerta terminaba de abrirse. Giró la cabeza con lentitud, temiendo que la verdad estallara en ese mismo instante. Sin embargo, lo que vio la hizo soltar un suspiro de alivio: Arthur estaba allí, pero llevaba puesta una máscara de tela de Spiderman que le cubría toda la cabeza.
Maxwell se giró para ver al niño. La iluminación blanca y potente del taller daba directo sobre la tela, haciendo que los ojos del pequeño, ocultos tras el disfraz se vieran de un color distorsionado por el reflejo de las lámparas, imposibles de distinguir.
—Arthur, cariño, sal de aquí —ordenó Sarah con una urgencia que no pudo ocultar—. Estos materiales te hacen daño, el aire está pesado.
El niño no se movió de inmediato. Se quedó allí, con su pequeña figura erguida frente a la imponente presencia de Maxwell.
—Ya terminé la tarea —dijo la vocecita de Arthur, amortiguada por la tela de la máscara—. Y es hora de que me leas las caricaturas que me gustan del hombre araña.
—Ya voy, mi amor —respondió Sarah, acercándose a él para escoltarlo hacia la salida mientras sus manos temblaban—. Ve a la oficina, por favor.
El pequeño obedeció, dando media vuelta y saliendo del taller con el disfraz puesto. Maxwell lo siguió con la mirada hasta que desapareció, quedándose en silencio durante unos segundos.
—Vaya, hasta buena madre resultaste —soltó Maxwell, rompiendo el silencio con sarcasmo—. Me sorprende que una mujer tan vacía como tú tenga muestras de cariño con alguien.
Sarah se irguió, recuperando su postura defensiva. Lo miró directamente a los ojos, con una determinación que Maxwell no le conocía.
—Es mi hijo y lo amo. Por él soy capaz de lo que sea —sentenció ella. Sus palabras sonaron como una amenaza directa, una advertencia de que protegería el mundo que había construido para Arthur a cualquier costo.
Maxwell apretó la mandíbula, sintiendo una inquietud que no supo identificar.
—Te mandaré el Ave Fénix bajo todas las medidas de seguridad —continuó Sarah, señalando la puerta—. En cuatro días estará en San Francisco. Ahora vete.
—Eso espero —replicó él, recuperando su frialdad—. O te demandaré por incumplimiento de contrato y me encargaré de que cierren este lugar.

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