Charlotte permanecía sentada en su elegante sillón, con las manos apretando el mango de plata de su bastón. La penumbra de su despacho en la mansión Pierce solo era interrumpida por la lámpara de escritorio que iluminaba a su hombre de confianza.
—¿Qué encontraste para destruir a esa mujer? —preguntó la anciana con una voz que arrastraba años de rencor—. No voy a permitir que esa mujerzuela crea que puede humillarme.
El hombre revisó una carpeta y negó con la cabeza, esbozando una sonrisa profesional.
—No es necesario hacer nada ahora, señora. Su nieto ya se encargó. Dominic le hizo perder millones; no dejó ingresar los barcos con la mercancía que traía la naviera de Foster & Scott.
Charlotte arqueó una ceja, sorprendida por la eficiencia del ataque. Una chispa de orgullo brilló en sus ojos hundidos.
—¿Dominic le hizo daño? —preguntó, saboreando cada palabra.
—Sí, señora. La empresa de ella está contra las cuerdas.
—Aun así, esa mujer es una arpía —gruñó Charlotte, golpeando el suelo con el bastón—. Necesito armas, algo más que dinero. Debo tener algo que la quiebre por completo.
El empleado suspiró, cerrando la carpeta con resignación.
—Parece que se blindó bien en San Francisco. Y recuerde que atacarla directamente puede ser peor; ella sigue siendo la dueña de los terrenos que frenan la construcción de su nueva terminal. Si se siente acorralada, nunca nos venderá.
Charlotte apretó los labios con furia. La mención de esos terrenos era una herida abierta en su orgullo empresarial.
—Esa maldita cree que nos tiene en sus manos —siseó la abuela—, pero mi nieto le demostrará quién manda en este mundo.
El hombre guardó silencio unos segundos, observando la rabia de la anciana antes de dar un paso al frente y bajar la voz.
—A menos que quiera desquitarse de otra forma. Usted sabe que hay métodos... accidentes casuales que eliminan el problema de raíz.
El sonido del bastón golpeando el suelo resonó como un disparo en la habitación. Charlotte se puso de pie con una agilidad sorprendente para su edad, el rostro encendido de indignación.
—¡Basta! —rugió la anciana—. Yo sé destruir a las personas moral y financieramente, pero jamás me mancharía las manos de sangre. Soy una Pierce, no una criminal común. ¡No se te ocurra en tu vida volver a proponerme algo así! ¡Lárgate!
El hombre retrocedió, pálido ante el estallido de la matriarca, y salió del despacho casi corriendo. Charlotte se dejó caer de nuevo en su sillón, con la respiración agitada, mirando hacia la oscuridad del pasillo. Sabía que Dominic estaba jugando con fuego, y aunque no aceptaría el asesinato, no descansaría hasta ver a Grace humillada y de rodillas, pidiendo clemencia.
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Grace estaba sentada en el sofá con los mellizos. En la pantalla, las ocurrencias de Burro en Shrek hacían que Derek y Doménica soltaran carcajadas olvidando el incidente de la escuela, pero ella apenas escuchaba. Tenía la mirada fija en las imágenes, mientras su mente repetía los reclamos de sus hijos y el tono de Maxwell desde Nueva York.
—¡Mamá, mira! —exclamó Derek.
Grace no respondió.
Grace se soltó, con las lágrimas desbordándose.
—Hoy Derek le pegó a un niño porque notaron que no te pareces a él. Le dijeron que no eres su papá... y tú acabas de meter a nuestra empresa al verdadero padre de mis hijos. ¡Metiste al infeliz de Dominic Pierce!
A pocos metros, ocultos tras la pared de la cocina, los pequeños escucharon todo. El silencio fue total. Derek y Doménica se miraron con los ojos muy abiertos y, sin hacer ruido, subieron corriendo a la alcoba de la niña. Se sentaron en el suelo, abrazándose con una tristeza profunda.
—Entonces nuestro papá no es el que pensamos —susurró Derek—. Es ese señor Pierce.
—¿Por eso somos diferentes? —preguntó Doménica, tocándose los ojos—. Por eso ese niño dijo la verdad.
Derek se limpió una lágrima con la manga.
—Debemos buscar a nuestro papá.
—Somos pequeños, Derek. No sabemos leer, ni escribir —dijo ella con miedo.
—Pero mamá dijo algo del trabajo, que él está en la empresa. Tenemos que grabarnos el nombre: Dominic Pierce. Cuando vayamos a la oficina de mamá, buscaremos a ese señor. Le vamos a preguntar por qué no se casó con ella y por qué no vive con nosotros.
—Entonces este será nuestro secreto.

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