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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 40

Maxwell logró bajar el tono de la discusión. Con calma, le explicó a Grace que la sociedad no era una rendición, sino un movimiento estratégico para salvar el patrimonio de los niños. Al final, ella se tranquilizó; se convenció de que, mientras Dominic estuviera ocupado con los números y la logística, no tendría interés en reclamar una paternidad que despreció hace años.

Con la firma y el pasar de los días, los barcos comenzaron a moverse y se dio luz verde para que Pierce Global iniciara la construcción de un gigantesco centro de distribución y una terminal de carga refrigerada en los terrenos colindantes, un proyecto que triplicaría el valor de la zona.

Los niños aparentemente olvidaron el incidente de la escuela y Dereck no volvió a pelear con nadie. Grace se sentía tranquila confiando en que los niños habían aprendido la lección, no sabía que sus pequeños habían descubierto la verdad y esperaban el momento exacto para mostrarse frente a su verdadero padre.

Mientras tanto, en la mansión de Nueva York, el ambiente era muy distinto. Dominic soltó la noticia en el comedor principal, frente a una cena que nadie terminó de probar.

—He firmado la sociedad con Foster & Scott —anunció Dominic, dejando los cubiertos con un sonido metálico—. Es la única forma de expandir la terminal y recuperar el capital que se bloqueó en San Francisco.

Sarah sintió un vuelco en el estómago. El pánico la recorrió por dentro, pero se obligó a mantener la máscara. Tener a Maxwell como socio de su marido era una pesadilla; él era parte de un pasado que ella mantenía oculto. No le importaba tanto que Dominic viera a Grace, sino que Maxwell estuviera lo suficientemente cerca para darse cuenta de su secreto.

—¿Una sociedad con ellos? —preguntó Sarah, tratando de que su voz no temblara—. Dominic, ese hombre, Maxwell Foster... es agresivo y esa mujer siempre ha sido un problema. Es una humillación tener que compartir beneficios con ellos. ¿Realmente no había otra salida que no fuera vincularnos tanto?

La abuela Charlotte, por su parte, golpeó la mesa con la palma de la mano, haciendo vibrar la vajilla de porcelana. Sus ojos brillaban con un odio visceral hacia Grace, a quien siempre vio como una muerta de hambre que quiso atrapar a su nieto.

—¡Es un error imperdonable, Dominic! —rugió la matriarca—. Los Pierce no comparten el poder con gente de esa calaña. Esa zorra es una arribista, una mujer que solo busca escalar a nuestra costa porque nunca tuvo nada. ¡Y que ni se te ocurra volver a enredarte con ella! ¡Te quito la presidencia si te veo tras sus faldas! —amenazó—. Nos has metido al enemigo en casa. ¡No te reconozco!

Dominic se reclinó en su silla, observándolas con fastidio.

—Ya basta —ordenó Dominic, y el silencio cayó de golpe—. Sarah, deja de preocuparte por tonterías; este es un negocio de miles de millones. Y tú, abuela... guarda tus insultos y tus amenazas. ¿A quién vas a poner en mi cargo? ¿A mi padre? —cuestionó soltando un bufido—. Grace tiene lo que nosotros necesitamos y yo no voy a perder una oportunidad de expansión por sus celos y sus prejuicios.

Dominic se puso de pie, ajustándose el saco con arrogancia.

—La sociedad está firmada. El complejo logístico se va a construir y los Pierce vamos a ganar más dinero que nunca. Así que les sugiero que se traguen su orgullo y preparen sus mejores galas para el cóctel en San Francisco. Vamos a ir, y vamos a demostrar quién manda en este sector, aunque tengamos que darle la mano a Maxwel Foster y Grace Scott.

Salió del comedor sin mirar atrás, dejando a Sarah con el corazón acelerado y a Charlotte apretando el bastón con una furia silenciosa, ambas temiendo, por razones muy distintas, que ese viaje a San Francisco fuera el principio del fin de sus mentiras.

—Abuela tienes que hacer algo, no podemos ser socios de esa gente.

—Tranquila cariño, que nosotros ahora tenemos las armas para derrotarlos.

Grace solo le dio un vistazo breve a Dominic y enseguida enfocó su mirada en su marido ignorando por completo al gran magnate.

Dominic sintió como una puñalada en el pecho esa afrenta. Mientras lo entrevistaban no apartaba los ojos de Grace. Al ver cómo Maxwell se inclinaba para besarla en los labios, sintió que una oleada de celos le quemaba la garganta, pero apretó la mandíbula y mantuvo la compostura frente a las cámaras.

Tras la entrevista de rigor, los Pierce se acercaron al matrimonio Foster.

—Hasta que te saliste con la tuya, Grace Scott —soltó Sarah con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, cargada de veneno.

Grace la miró con una calma que desarmó a Sarah de inmediato.

—No fui yo —respondió Grace con voz firme—. Por mí no habría firmado nada; no me importaba perder la empresa con tal de no volver a verlos a ninguno de ustedes. Reclámale a mi marido... él es quien tiene intereses muy específicos en Nueva York.

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