Grace clavó la mirada en Sarah al decir esto último. Sarah palideció por completo, sintiendo un temblor en su cuerpo.
«¿A qué intereses se refería? ¿Maxwell le había contado a su esposa sobre el pasado?».
—Ya basta, Sarah. Compórtate —ordenó Dominic, interviniendo antes de que su esposa perdiera los estribos. Se giró hacia Grace con una intensidad que la hizo temblar—. Buenas noches, Grace.
Dominic se inclinó para buscar el beso en la mejilla, ese contacto que le robaba el sueño, pero ella se echó hacia atrás con un movimiento seco y elegante. Le extendió la mano, obligándolo a mantener una distancia profesional que le dolió más que un insulto. El roce de sus dedos fue breve, una descarga eléctrica que Dominic sintió hasta en la base de la nuca, pero Grace no flaqueó.
—Señor Pierce —dijo ella con una cortesía gélida.
Maxwell saludó a Dominic con un breve asentimiento, cargado de una superioridad que Dominic detestaba. Luego, miró a Sarah con una sonrisa sarcástica.
—Bienvenida a San Francisco, señora Pierce —pronunció Maxwell, acentuando el apellido con una intención letal—. Espero que la velada sea de su agrado.
Maxwell deslizó su mano por la cintura de Grace, atrayéndola hacia él con una posesión evidente, mientras sus ojos se clavaban en el pecho de su esposa, donde el Ave Fénix resplandecía bajo las luces del salón. Grace se pegó a su costado con una naturalidad que terminó de desquiciar a Dominic.
—Debo felicitarla por su trabajo, señora Pierce —dijo Maxwell, dirigiendo una mirada cargada de un cinismo letal hacia Sarah—. La joya es impecable. El diseño captura exactamente lo que buscaba para mi mujer.
Sarah sintió que el aire se le quedaba atorado en la garganta. Ver su propia creación, el símbolo que alguna vez representó su historia con Maxwell, adornando el cuerpo de la mujer que ahora él adoraba, era una tortura que no había previsto. Sarah sentía el impulso de arrancar ese prendedor, de gritar que esa joya nació de sus manos para el hombre que ahora la trataba como a una extraña.
—Oh, fue tu obra, maravillosa —añadió Grace, tocando el prendedor con una delicadeza que hizo que a Sarah le dieran náuseas—. La dedicatoria y la leyenda de nuestro amor que incluiste en el encargo me derritieron, Maxwell. Siempre tan espléndido conmigo, cariño. —Grace acarició la mejilla de Maxwell con una suavidad que parecía un dardo directo al pecho de los presentes.
Dominic apretó la mandíbula con tanta fuerza que sintió un chasquido en el oído. La mención de "leyendas de amor" y la cercanía física de Maxwell con Grace le quemaban la sangre. El aroma de Grace, a vainilla que él recordaba perfectamente, lo envolvía, recordándole que ese hombre conocía ahora rincones del alma de Grace que a él ya no le pertenecían. Estaba de pie frente a ellos, pero se sentía como un intruso en una vida que él mismo había desechado.
—Nos disculpan, tenemos que atender a nuestros invitados —avisó Maxwell, y se llevó a Grace de la cintura, guiándola con una mano firme que no dejaba dudas sobre quién era el dueño de su presente.
Sarah se quedó inmóvil, viendo cómo se alejaban. El triunfo de Grace era absoluto: llevaba su joya, tenía a su hombre y la miraba desde una altura que Sarah no podía alcanzar. Dominic, a su lado, seguía con la vista fija en la espalda de Grace, con los puños cerrados y el corazón latiendo a un ritmo violento de puro celo. La humillación le sabía a hiel, y la cercanía de Sarah, su propia esposa, le resultaba en ese momento insoportable.
El maestro de ceremonias anunció oficialmente la alianza estratégica entre Pierce Global y Foster & Scott. Los flashes estallaron mientras los cuatro posaban frente al logotipo de la terminal; una imagen de éxito que escondía una guerra interna. Al terminar, la orquesta comenzó a tocar una pieza suave y elegante.
—Vamos, cariño, bailemos —dijo Maxwell, tomando la mano de Grace con una seguridad que buscaba marcar territorio—. Celebremos.
Grace asintió y se dejó guiar al centro de la pista. Maxwell la rodeó por la cintura, pegándola a él. Grace apoyó la cabeza en su hombro, cerrando los ojos para intentar ignorar la presencia de Dominic, pero su cuerpo estaba rígido.
Dominic aceptó el cambio sin dudar. Necesitaba sentir la piel de Grace. El intercambio fue rápido, casi violento. Maxwell tomó a Sarah de la cintura con una distancia insultante, pero sus dedos se hundieron en la tela de su vestido con una tensión que delataba su conflicto interno. Dominic, por su parte, deslizó su mano por la cintura de Grace con una fuerza que ella no pudo ignorar.
Grace se puso rígida. Desvió la mirada, negándose a darle a Dominic el encuentro visual que buscaba.
—Te ves hermosa con ese vestido, Grace —susurró Dominic al oído de ella—. ¿Te lo pusiste para impresionarme? El verde siempre fue mi color favorito en ti. ¿Recuerdas aquella noche en la cabaña? No podías dejar de temblar bajo mi cuerpo.
Grace sintió un escalofrío de rabia. Se obligó a mirarlo con los ojos cargados de un desprecio absoluto.
—Todo eso no lo recuerdo, Dominic. Maxwell borró con sus besos y caricias todo rastro de ti. Ya no queda nada. Permiso.
—Mientes —masculló él, apretando el agarre—. Tu cuerpo me reconoce.
—Mi cuerpo te detesta —sentenció ella—. Permiso.
Grace se soltó bruscamente, rompiendo el protocolo y abandonando la pista de baile. Caminó con paso rápido hacia los jardines, necesitando el aire frío para limpiar la sensación de sus manos sobre ella.

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