Grace frunció el ceño al escucharla, estaba tan dolida que por más que él dijera la verdad, ella ya no le creía.
Antes de que ella pudiera reaccionar, él la rodeó con sus brazos, atrapándola contra su cuerpo con una fuerza que le quitó el aliento. La sujetó de la nuca y la besó con una locura desesperada, una pasión desenfrenada que buscaba demostrar en eses beso que sus palabras eran reales.
Grace forcejeó, golpeando su pecho, resistiéndose a la invasión de sus labios que tanto conocía. Por un segundo aterrador, su cuerpo pareció flaquear, traicionándola con un eco de la memoria de esa piel que alguna vez fue su refugio. Pero la rabia fue más fuerte. Recuperando la consciencia de quién era el hombre que la sujetaba, Grace levantó su rodilla con un movimiento seco y certero, golpeándolo con fuerza en la entrepierna.
Dominic se dobló, soltándola de inmediato mientras soltaba un gruñido de dolor. Grace retrocedió varios pasos, respirando con dificultad, y se limpió los labios con el dorso de la mano como si quisiera arrancarse el rastro de su contacto.
—En tu vida... —sentenció ella, con una voz que vibraba con una promesa letal—, me vuelvas a tocar. Porque te juro, por lo más sagrado, que te vas a arrepentir de haber nacido, Dominic Pierce.
Lo dejó allí, recuperando el aire entre las sombras del jardín, mientras ella se daba la vuelta con la frente en alto, dispuesta a desaparecer antes de que el fuego que acababa de estallar terminara por consumirlos a ambos.
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Sarah se había quedado petrificada tras una de las columnas de piedra del jardín, oculta por las sombras y el follaje espeso. El aire se sentía como cristales rompiéndose en sus pulmones mientras escuchaba la voz de su esposo elevarse en un tono que desconocía. Dominic nunca gritaba por pasión, siempre era controlado, gélido. Pero ese "¡Yo te amo!" dirigido a Grace la golpeó con la fuerza de una roca cayéndole encima.
Sintió un vacío gélido instalándose en su pecho. En todos sus años de matrimonio, Dominic jamás le había dedicado esas palabras. La única persona que alguna vez la había amado con esa entrega, la única boca que le había susurrado un "te amo" real, cargado de promesas y no de contratos, había sido la de Maxwell Foster.
Por un instante, la armadura de soberbia de Sarah se agrietó. Entendió el dolor de Dominic porque era el suyo propio. Ella también creyó que hacía lo correcto al obedecer las exigencias de sus padres; creyó que el apellido Pierce valía más que el corazón de un simple empleado. Había cambiado el fuego por una corona de hielo, y ahora el hielo la estaba quemando viva.
Con el rostro descompuesto y las lágrimas surcando su maquillaje perfecto, Sarah se dio la vuelta para huir de esa escena, queriendo borrar de su mente el sonido de la desesperación de su marido. Corrió por el pasillo lateral que conectaba el jardín con el salón de baile, con la vista nublada.
De pronto, impactó con un cuerpo sólido. Soltó un jadeo de espanto, tambaleándose, cuando unas manos fuertes la sujetaron por los hombros para evitar que cayera. Al levantar la vista, se encontró con los ojos oscuros de Maxwell, que la miraba con una mezcla de sorpresa y aturdimiento.
—¿Qué te pasa? —preguntó Maxwell, frunciendo el ceño al ver su estado. Su voz, aunque fría, conservaba ese rastro de autoridad que siempre la había hecho sentir pequeña.

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