Grace entró al salón y buscó a Maxwell con la mirada, lo divisó en el bar y de inmediato se acercó.
—Llévame a casa, Maxwell —suplicó Grace en un susurro quebrado—. Ya no quiero estar aquí. No puedo soportar un minuto más en el mismo espacio que ellos.
Maxwell se acercó y la envolvió en sus brazos, dándole el refugio que necesitaba. La miró a los ojos, notando el rastro de la angustia que Dominic le había provocado.
—Sí, es lo mejor. Ya cumplimos con el protocolo —respondió él, besando su frente—. Vámonos ahora mismo.
Los Foster salieron del hotel sin decir palabra. Maxwell conducía con los ojos fijos en la carretera, apretando el volante hasta que le dolieron las manos. El beso de Sarah seguía quemándole los labios. A su lado, Grace mantenía la vista en la ventanilla. Sentía la boca entumecida por el beso forzado de Dominic y el cuerpo le vibraba de pura rabia. Ninguno habló.
Minutos después. En la suite, Dominic se arrancó la corbata y la tiró al suelo. Caminaba de un lado a otro, furioso por el rechazo de Grace y el golpe que aún sentía en la pierna. Miró a Sarah, esperando que ella estallara por haberla dejado sola en la gala, pero el silencio de su esposa era absoluto.
Sarah se sentó ante el tocador con movimientos mecánicos. Las palabras de Maxwell se repetían en su cabeza: siempre pasarás a segundo plano. Se sentía humillada. Se quitó las joyas con las manos temblorosas, viendo en el espejo a un hombre que acababa de confesar amar a otra. Dominic la observó desde la puerta, extrañado por su falta de ataques, sin saber que ella lo había escuchado todo. Sarah se levantó y se encerró en el baño sin mirarlo. Eran dos extraños derrotados, compartiendo una habitación que se sentía demasiado grande.
Al llegar a la mansión, el silencio se volvió insoportable. Grace se quitó los tacones y caminó hacia el salón, pero Maxwell la detuvo antes de que subiera las escaleras.
—¿Quieres hablar? —preguntó él, observándola con fijeza.
—No tengo nada que decir —respondió Grace sin detenerse—. ¿Y tú?
Maxwell guardó silencio un segundo y luego soltó un suspiro pesado.
—¿Quieres vino?
—La botella completa —sentenció ella.
Salieron al jardín. El aire nocturno no lograba calmar la agitación de ambos. Maxwell sirvió dos copas generosas. Grace tomó la suya y bebió el contenido de golpe, sintiendo el ardor del alcohol en la garganta.
—Esto es un error, Maxwell —soltó ella, dejando la copa sobre la mesa con un golpe seco—. Se supone que queríamos destruirlos y tú los metes en nuestras vidas de esta manera. ¿Con qué propósito?
Maxwell bebió su vino de un solo trago, con la mirada perdida en la oscuridad de los arbustos.
—Yo siento por Dominic lo mismo que tú sientes por Sarah.
Siguieron bebiendo, vaciando la botella mientras el alcohol empezaba a nublarles el juicio y a soltarles la lengua. Maxwell se inclinó hacia ella, acortando la distancia, con la mirada turbia y fija en los labios de Grace.
—Nosotros debimos haberlos sacado de nuestros corazones el mismo instante que nos despreciaron —soltó Maxwell con la voz pastosa, cargada de un resentimiento que ya no podía sostener.
—Sí... eso suena lógico —respondió Grace, soltando una risa corta y sin aire. El vino le daba vueltas en la cabeza y el dolor de la confesión de Dominic se mezclaba con la calidez del licor.
Maxwell la tomó del rostro, obligándola a mirarlo. Estaban peligrosamente cerca, compartiendo el aliento a vino y la desesperación de dos personas que solo querían dejar de sufrir.
—Debimos intentarlo, Grace. De verdad —insistió él, su mano bajando por su cuello.
—Entonces no perdamos más el tiempo —sentenció ella, cerrando la distancia.
Se besaron con una urgencia torpe, buscando en el otro un anestésico para el pasado. No era un beso de amor, era un escape. Se pusieron de pie y, entre tropezones y risas erráticas provocadas por la ebriedad, caminaron hacia la casa. Subieron las escaleras apoyándose el uno en el otro, sin dejar de besarse, chocando contra las paredes del pasillo. Maxwell empujó la puerta de la habitación y ambos entraron, cerrando el mundo exterior y sus fantasmas fuera de esas cuatro paredes.

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