Grace se presionaba las sienes con fuerza, sintiendo que el tintineo de las cucharas de Derek y Doménica contra los tazones de cereal era un martillazo constante. La resaca le recordaba, con una pulsación rítmica en la nuca, cada trago de la noche anterior.
—Mamá, hoy es sábado —insistió Derek, tirando de su manga con entusiasmo—. Dijiste que iríamos a la empresa. Nos gusta ayudar a los pasantes.
Grace cerró los ojos, mareada. La luz que inundaba la cocina le resultaba agresiva, casi insultante.
—No pensaba ir hoy, niños. No me siento nada bien —murmuró, tratando de mantener la voz baja.
Las caritas de los mellizos se transformaron al instante. Derek bajó la mirada, desinflado, y Doménica apretó los labios con una decepción tan genuina que a Grace le dolió más que la cabeza.
—Está bien —cedió ella de inmediato, incapaz de sostener esa culpa—. Iremos un rato. Solo un rato, ¿entendido?
En ese momento, Maxwell entró en la cocina. Se movía con una pesadez evidente, el rostro inusualmente pálido y la mirada turbia. Al ver a Grace, se detuvo en seco.
Grace sintió un vuelco en el estómago cuando sus ojos se cruzaron por un segundo; el recuerdo de lo que había ocurrido en esa habitación la golpeó con fuerza.
Aún podía sentir la urgencia de sus manos despojándola de la ropa en medio de la penumbra y el roce errático de sus pieles mientras se buscaban sobre las sábanas con una desesperación ciega. Aquello había sido un incendio alimentado por el despecho y el alcohol, un arrebato que los había llevado al límite antes de que la lucidez o el cansancio los detuviera. Ahora solo quedaba una culpa asfixiante.
Maxwell desvió la vista de inmediato y fue directo a la jarra de agua. Bebió un vaso tras otro, evitando a toda costa clavar sus ojos en los de ella, como si el contacto visual pudiera confirmar la línea que ambos sabían que habían cruzado.
—Papá, ¿vienes con nosotros a la empresa? —preguntó Doménica, con una chispa de esperanza renovada.
Maxwell dejó el vaso en la encimera y se aclaró la garganta. Su voz sonó más ronca de lo habitual, marcada por el remordimiento.
—Iré más tarde —respondió sin mirar a nadie en particular—. Tengo que supervisar unos asuntos en el puerto que no pueden esperar.
Grace asintió con frialdad, concentrada en su café negro. La intimidad de la noche anterior se había evaporado, dejando en su lugar una barrera de hielo y la amarga sensación de que habían usado el cuerpo del otro para intentar callar el dolor que les provocaban los Pierce.
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Dominic no regresó a New York con Sarah. Usó la excusa de la nueva terminal para quedarse en la ciudad, rumiando cada palabra de su última pelea con Grace. La acusación de ella le taladraba la cabeza: por unas simples fotos, él había dudado de todo.
La duda era un veneno que le quemaba por dentro.
«¿Y si las fotos habían sido un montaje? ¿Y si lo habían engañado de la forma más vil y él, por estúpido, había dejado que todo se destruyera?»
Pero a la vez, la realidad de que ella se hubiera casado con Maxwell era una herida abierta. Tenía que aclarar las cosas con Grace, exigirle la verdad cara a cara sin más sombras de por medio.
«Dominic Pierce»
Derek soltó las hojas que llevaba, que se esparcieron por el suelo. Doménica se quedó inmóvil junto a la máquina, con sus manitas apretando un sobre de Manila y los ojos muy abiertos. El hombre que estaban buscando, su verdadero padre estaba ahí.
Derek, movido por una rabia pura y un impulso que no pudo frenar, caminó hacia él. Se acercó y, con su pequeña mano, cerró el puño sobre la punta del saco de Dominic, sacudiéndolo con insistencia para obligarlo a bajar la vista.
—Oiga señor.
Dominic bajó la mirada, molesto por el tirón, pero se quedó sin aliento al ver al niño. Sintió una descarga eléctrica que le recorrió la columna. Se estaba mirando a sí mismo a esa edad; era su propio reflejo en miniatura. Derek lo observaba con las cejas fruncidas, los labios apretados en un gesto de amargo reproche y un orgullo herido que Dominic reconoció como propio en cada rasgo de esa carita.
—¿Por qué no te casaste con nuestra mamá? —soltó Derek con una voz que temblaba de furia y dolor contenido.
Dominic sintió un vacío repentino en el estómago, como si le hubieran arrancado las entrañas de un solo golpe. Antes de que pudiera articular palabra, Doménica se acercó también, arrastrando los pies, con sus mejillas redondas bañadas en lágrimas que amenazaban con caer. La niña extendió su manita y rozó apenas la manga de su camisa.
—¿Por qué no nos quieres? —increpó levantando su carita para verlo a los ojos—. Tú… eres nuestro papá, lo escuchamos y los papás viven con sus hijos. ¡No los abandonan!
Dominic se quedó mudo, paralizado frente a sus propios rasgos repetidos en esos dos rostros infantiles que apenas le llegaban a la cintura. El dolor de los niños se le filtró por los poros, quemándole el pecho. No podía hablar, no podía moverse; solo podía mirar a los niños y sentir como gruesas lágrimas corrían por sus mejillas.

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