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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 46

Dominic sintió que las piernas no le sostenían. El peso de la verdad le cayó encima como un montón de piedras. Sin importarle que el personal de la oficina se detuviera a mirar, se desplomó de rodillas frente a los pequeños. Quería tocarlos, necesitaba comprobar que eran reales, pero sus manos sacudían con tal violencia que las mantuvo en el aire, temiendo asustarlos.

—Yo no sabía... —su voz salió como un gemido agónico, rota por un llanto que no podía contener—. Les juro por mi vida que no sabía de ustedes. Jamás, nunca en este mundo, los habría dejado solos.

Las lágrimas le nublaban la vista y le empapaban el rostro, pero Dominic no se las limpió. Solo podía mirar a Doménica y su carita bañada en llanto, y luego a Derek, que lo observaba con una furia que le quemaba las entrañas. Intentó acercarse un poco más, buscando un rastro de duda en sus ojos, pero el niño dio un paso atrás de inmediato, interponiendo su pequeño cuerpo para proteger a su hermana.

—¡Mentira! —gritó Derek, y el desprecio en su voz fue como un cuchillo atravesándole el corazón a Dominic—. Mi mamá dice que no estás porque no nos querías. Mi papá Maxwell es el que nos quiere. Tú vete, ¡no te queremos aquí!

El rechazo de su propio hijo lo dejó sin aire. Dominic vio cómo los niños se alejaban de él, refugiándose detrás de la pasante como si él fuera un monstruo, un extraño peligroso. Ese dolor, esa humillación de ser un desconocido para su propia sangre, se le subió a la cabeza transformándose en rabia. El llanto se detuvo en seco, reemplazado por una furia que le hizo hervir la sangre.

Se levantó del suelo con un movimiento brusco, respirando con dificultad. No miró a los niños, no podía hacerlo sin sentir que se moría. Giró sobre sus talones y caminó hacia la oficina de Grace. Empujó la puerta con tal fuerza que el estruendo del impacto contra la pared resonó en todo el piso.

Grace estaba allí, con la cabeza sobre el escritorio y el rostro blanco como el papel. Se sobresaltó al escuchar como la puerta de su oficina retumbaba.

—¡Me robaste seis años! —rugió Dominic, lanzándose hacia el escritorio con los ojos inyectados en sangre y las venas del cuello a punto de estallar—. ¡Me quitaste sus nacimientos, sus primeros pasos, sus vidas! ¡Hiciste que mis hijos me odiaran, Grace! ¡¿Cómo pudiste tener la sangre tan fría para ocultarme esto?! ¡¿Cómo te atreviste a darles el lugar que era mío a otro hombre?!

Dominic golpeó el escritorio con el puño, haciendo que los objetos saltaran, mientras su respiración agitada golpeaba el rostro de la mujer que, en ese momento, odiaba con toda su alma.

Grace se levantó de un solo golpe.

—¿Qué demonios estás diciendo? ¿Qué le hiciste a mis hijos?

Salió corriendo vio a sus pequeños llorando y sintió que el corazón se le salía del pecho. Se lanzó al suelo para envolver a Derek y Doménica en un abrazo desesperado, ocultando sus rostros contra su cuello para que no vieran la furia de su verdadero padre.

—Todo tiene una explicación, mis amores. No lloren, por favor —les suplicó con la voz quebrada—. Vayan a la cafetería con Chelsea, cómanse un helado. Mamá necesita hablar con este señor. Estarán bien, se los prometo.

Los niños se alejaron cabizbajos, sollozando. Grace se puso en pie, recuperando una fuerza que no sabía que tenía, y barrió con la mirada a los pasantes que observaban con morbo.

—¡Largo de aquí! ¡Todos fuera de este piso ahora mismo! —rugió con una autoridad que no admitía réplicas.

En cuanto el lugar quedó desierto, Grace entró de nuevo a la oficina y cerró la puerta con llave. Se giró hacia Dominic, temblando de pies a cabeza, con las uñas clavadas en las palmas.

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