Dominic salió de la oficina con el corazón desbocado y buscó a sus hijos por todo el edificio hasta que los encontró en la cafetería. Los niños se pusieron tensos al verlo aparecer; se refugiaron en sus asientos, dejando los helados a medio comer. Dominic se acercó despacio y se puso en cuclillas para no intimidarlos.
—Sé que son pequeños y no entienden muchas cosas —comenzó con la voz baja, luchando por no quebrarse—. Quizás escucharon llorar a su mamá por mi culpa, y es verdad: hice cosas malas en el pasado de las que me arrepiento cada día. Pero a ustedes jamás les habría hecho daño. Entiendo que tienen un papá al que aman y que para ustedes yo soy un desconocido, pero quiero que me den una oportunidad. Al menos para ser su amigo.
Los niños lo miraron con una desconfianza que le calaba los huesos.
—A mi mamá no le agrada que hablemos con personas que no conocemos —murmuró Doménica, apretando su cuchara con fuerza.
—Pero es nuestro papá y lo estábamos buscando —le susurró Derek, confundido, mirando a Dominic como si tratara de reconocerse en él.
—Pero tú dijiste que no habláramos con él porque hizo llorar a mamá y nos abandonó —le recriminó la niña, con los ojos empañados.
Grace que había pensado mejor las cosas y había seguido los pasos de Dominic en silencio, se acercó al grupo. Su rostro estaba rígido, pero su voz fue suave al dirigirse a sus hijos.
—Nadie los va a obligar a hacer cosas que no deseen —intervino Grace—. Si desean conocer al señor Pierce, yo los voy a apoyar. La decisión es de ustedes.
Derek y Doménica se miraron, dudando, y ese silencio, esa incertidumbre de sus propios hijos, le rompió el corazón a Dominic. Se puso en pie, sintiendo un peso insoportable en el pecho.
—Entiendo —dijo Dominic, tragando saliva—. Cuando estén listos, me llaman. Pero sepan que no voy a desaparecer de sus vidas. Cuídense mucho.
Los niños no dijeron nada. Ni un adiós, ni una mirada de despedida. Dominic se dio la vuelta para marcharse cuando la puerta de la cafetería se abrió de golpe. Maxwell entró agitado, alguien le había avisado, con la mirada barrió el lugar hasta que encontró a los pequeños. Al verlo, Derek y Doménica soltaron todo y corrieron hacia él con una desesperación que Dominic nunca había recibido.
—¡Papá! —gritaron al unísono, aferrándose a las piernas de Maxwell—. ¿Nunca nos vas a dejar? ¿Verdad que tú siempre estarás con nosotros?
Dominic escuchó los gritos y se detuvo en seco. Ver a sus hijos buscar refugio en los brazos del hombre que lo había reemplazado fue peor que si lo hubieran apuñalado por la espalda. Sintió un vacío gélido recorriéndole la columna. Sin mirar atrás, con los puños apretados y el alma destrozada, salió de la cafetería dejando atrás la familia que debió ser suya y que ahora le resultaba ajena.
Horas después Dominic entró en la mansión de Nueva York como un torbellino, con la intención de arrancar la verdad de la boca de su abuela, pero una de las empleadas corrió hacia él con el rostro descompuesto por el pánico.
—¡Señor Dominic! ¡Vaya al hospital, es el niño Arthur! —exclamó la mujer, con la voz entrecortada.
Dominic sintió un latigazo de terror que le heló la sangre.

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