El pediatra les indicó que tomaran asiento, pero el ambiente en el consultorio se volvió aún más pesado cuando un hombre de rostro cansado y bata impecable entró tras ellos.
—Él es el doctor Miller, especialista en hematología —presentó el pediatra.
Sarah se puso de pie de un salto, con los ojos desorbitados.
—¿Por qué? ¿Qué pasa? —preguntó con la voz aguda, al borde de la histeria—. Solo fue un desmayo, ¿por qué necesitamos a un hematólogo?
Dominic permaneció sentado, pero sus manos apretaban los reposabrazos con tanta fuerza que los nudillos le blanqueaban. El doctor Miller suspiró y dejó los resultados sobre el escritorio.
—El estado frágil de Arthur y los desmayos se deben a que los estudios de sangre y médula han sido claros —explicó el especialista con una frialdad profesional que dolía—. Arthur padece Leucemia Linfoide Aguda.
La noticia cayó como una losa de granito en la habitación. Sarah soltó un grito ahogado y se desplomó de nuevo en la silla, rompiendo en un llanto desgarrador.
—¡No! No puede ser... debe ser un error —sollozaba, tapándose la cara con las manos—. Mi bebé no, es tan chiquito, apenas es un niño. ¡Repitan las pruebas!
Dominic sintió que el mundo se le venía abajo, pero el instinto de protección lo obligó a reaccionar. Se acercó a Sarah y le puso una mano en el hombro, apretándolo para darle un anclaje que él mismo no tenía.
—Cálmate, Sarah. Por favor, tenemos que escuchar al doctor —murmuró Dominic con la voz ronca, tratando de mantener una entereza que se le escapaba por los poros.
El médico comenzó a explicar el ciclo de quimioterapias y los medicamentos, pero su tono se volvió más serio al llegar al punto crítico.
—Si el tratamiento no da los resultados que esperamos, tendremos que buscar un donante de médula ósea. En estos casos, los padres suelen ser la mejor opción debido a la compatibilidad genética —explicó el hematólogo.
En ese instante, el mundo de Sarah se detuvo. Por dentro, el pánico la devoró al recordar el secreto que llevaba años ocultando: la verdadera identidad del padre de Arthur.
—Sin embargo —continuó el médico, frunciendo el ceño al revisar las fichas—, hay algo inusual. Arthur tiene un tipo de sangre A negativo, y según sus expedientes, ninguno de ustedes comparte ese grupo.
Sarah sintió que el aire le faltaba, pero respondió con una rapidez desesperada, sin mirar a Dominic.
Doménica se abrazó a sus propias rodillas, encogiéndose en el sofá.
—Se parece a mi hermano —añadió ella con un hilo de voz—. Pero da miedo porque habla fuerte y tú lloras cuando él está cerca.
Maxwell, que había permanecido en silencio con un nudo en la garganta que apenas le dejaba respirar, se inclinó hacia ellos. Su mirada estaba llena de un amor tan puro que le dolía físicamente ver la confusión en sus rostros.
—¿Qué sintieron al verlo? —preguntó Maxwell, esforzándose para que su voz no temblara—. ¿Están bien?
—Me duele aquí —respondió Doménica, señalando su pechito con su manita—. Porque él dice que es mi papá, pero yo te quiero a ti. Pero él tiene mis ojos... es raro, papá.
Grace se arrodilló frente a ellos y les tomó las manos, sintiendo el calor de su piel pequeña.
—Les pido perdón por ocultarles la verdad —dijo con sinceridad, luchando contra las lágrimas—. Pero hay gente muy mala que rodea a Dominic, y yo solo quería protegerlos de que les hicieran daño. Ustedes han tenido todo el cariño de Maxwell. Él ha estado en cada cumpleaños, en cada caída... y aunque no lleven su sangre, él ha sido su padre desde el primer segundo.

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