Maxwell sintió que el corazón se le partía en mil pedazos al escuchar a Grace. Ver a esos niños, a los que les había cambiado los pañales y enseñado a caminar, debatiéndose entre la lealtad hacia él y la curiosidad por su origen, era una agonía lenta. Pero su amor por ellos era tan grande que no podía ser egoísta.
—Escuchen —interrumpió Maxwell, tragando saliva para contener el llanto—. Si ustedes quieren conocerlo... si quieren hablar con él, yo no me voy a oponer. No me voy a enojar.
Los niños lo miraron con sorpresa. Maxwell forzó una sonrisa que le resultó amarga, sintiendo que al decir esas palabras estaba abriendo la puerta para que alguien más ocupara el lugar que él había cuidado con tanto esmero durante cinco años. El miedo a perderlos, a pasar a un segundo plano, lo invadía, pero se mantuvo firme por ellos.
—Yo siempre voy a estar aquí —continuó Maxwell, acariciando el cabello de Derek—. Pase lo que pase, yo soy su papá de corazón, y eso no va a cambiar aunque ese señor esté cerca.
Derek se lanzó a los brazos de Maxwell, escondiendo el rostro en su pecho, seguido de cerca por Doménica. Maxwell los apretó contra sí, cerrando los ojos con fuerza mientras una lágrima solitaria se le escapaba. Los amaba más que a su propia vida, y la idea de que Dominic Pierce pudiera arrebatárselos ahora que sabía la verdad, lo aterraba más que cualquier otra cosa.
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El médico fue tajante: Arthur no podía volver a casa. Su sistema inmunológico era débil y cualquier bacteria en el ambiente exterior sería una sentencia de muerte. Lo trasladaron a una habitación aislada en el área de oncología pediátrica, un lugar donde el silencio solo era interrumpido por el pitido rítmico de los monitores.
Dominic y Sarah tuvieron que vestirse con batas estériles, guantes y mascarillas antes de entrar. El impacto al cruzar la puerta fue como un golpe seco en el estómago. Arthur, su pequeño, parecía un muñeco de porcelana a punto de romperse. Estaba sumido en un sueño pesado, con la piel de un blanco traslúcido que dejaba ver las venas azuladas en sus sienes. De su manita salía una vía conectada a una bolsa de suero y a otra de sangre que goteaba con una lentitud desesperante.
Dominic se acercó a la cama, sintiendo que el pecho se le desgarraba. Ver a su hijo con esas cánulas de oxígeno en la nariz y rodeado de cables le provocó una punzada en el pecho de puro dolor. Se tragó el nudo de la garganta y, con un cuidado infinito, rozó con sus dedos enguantados la frente del niño. Estaba fría. El gigante implacable que era Dominic en los negocios se sentía ahora diminuto, inútil, incapaz de comprar con todo su oro un solo gramo de salud para el niño.

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