Entrar Via

La amante despreciada del CEO romance Capítulo 50

Durante esa semana, Dominic evitó cualquier enfrentamiento directo con su abuela dentro de la mansión. Caminaba por los pasillos ignorando sus llamadas y sus intentos por retomar la autoridad de la casa. Sabía que reclamarle sin evidencias sería inútil, así que rescató de su caja fuerte las fotos para entregárselos a un investigador privado. Le dio una instrucción clara: encontrar la verdad sobre lo que ocurrió hace seis años y no detenerse ante nadie.

En el hospital, Arthur cumplió siete días de internamiento. El cambio en su cuerpo era evidente y doloroso de ver. El tratamiento de quimioterapia lo mantenía sedado la mayor parte del tiempo, conectado a un catéter central cerca de su clavícula por donde recibía medicación y suero constantemente. Tenía las mejillas hinchadas por los medicamentos, pero el resto de su piel se veía pálida y sin vida. Ya no pedía juguetes ni preguntaba cuándo se irían; apenas tenía fuerzas para abrir los ojos.

Dominic no se movió de su lado. Pasaba las noches sentado en un sillón rígido, contando cada respiración del niño y vigilando los números en el monitor de signos vitales. Sarah, por su parte, estaba deshecha. No comía y se sobresaltaba con cada ruido en el pasillo. Los médicos ya les habían advertido que la respuesta inicial al tratamiento no era buena y que debían prepararse para buscar un donante de médula ósea.

Dominic se levantó del sillón con los ojos inyectados en sangre por el cansancio y miró a Sarah a través del cristal de la habitación.

—Mañana nos harán las pruebas de compatibilidad —dijo con la voz ronca—. Si uno de los dos puede ser el donante, Arthur saldrá de esto. Estoy dispuesto a darle lo que necesite para salvarlo.

Sarah no pudo responder. Apartó la vista y se pegó al ventanal, sintiendo una presión insoportable en el pecho. El pánico la estaba asfixiando. Sabía que Dominic nunca sería compatible porque no era el padre, y que la única salvación para Arthur estaba en las venas de Maxwell, y ella no tenía el valor de ir a buscarlo. Se aferraba a ser ella la donante.

****

Grace estaba sumergida en los reportes de la nueva sociedad. Había pasado una semana desde aquel estallido en la oficina y, aunque el trabajo avanzaba, el silencio de Dominic era una presencia constante y pesada. No había llamado, no había enviado ni un mensaje, ni un rastro del interés que juró tener por los niños. La incertidumbre la estaba carcomiendo.

Danna entró en la oficina y se detuvo al verla con la mirada perdida en los ventanales.

—¿En qué piensas? —preguntó Danna, dejando unos documentos sobre el escritorio.

Grace se giró con un gesto de amargura, cerrando la carpeta con brusquedad.

—En las mentiras de Dominic —respondió con una voz cargada de resentimiento—. Según él, no sabía nada de mi embarazo. Se llenó la boca culpando a su abuela, lloró frente a mis hijos y les juró que no iba a desaparecer. Ha pasado una semana, Danna. Dejó a mis niños ilusionados y se largó sin mirar atrás.

Danna suspiró y se apoyó en el borde del escritorio, cruzándose de brazos.

—Bueno, lo conoces. Sabes que para ese hombre no hay nada más importante que su trabajo, el maldito dinero y el apellido Pierce —dijo Danna con tono realista—. Quizás la abuela le salió con una nueva sarta de mentiras, ya sabes cómo es esa vieja víbora, y ahora él volvió a dudar.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La amante despreciada del CEO