Durante esa semana, Dominic evitó cualquier enfrentamiento directo con su abuela dentro de la mansión. Caminaba por los pasillos ignorando sus llamadas y sus intentos por retomar la autoridad de la casa. Sabía que reclamarle sin evidencias sería inútil, así que rescató de su caja fuerte las fotos para entregárselos a un investigador privado. Le dio una instrucción clara: encontrar la verdad sobre lo que ocurrió hace seis años y no detenerse ante nadie.
En el hospital, Arthur cumplió siete días de internamiento. El cambio en su cuerpo era evidente y doloroso de ver. El tratamiento de quimioterapia lo mantenía sedado la mayor parte del tiempo, conectado a un catéter central cerca de su clavícula por donde recibía medicación y suero constantemente. Tenía las mejillas hinchadas por los medicamentos, pero el resto de su piel se veía pálida y sin vida. Ya no pedía juguetes ni preguntaba cuándo se irían; apenas tenía fuerzas para abrir los ojos.
Dominic no se movió de su lado. Pasaba las noches sentado en un sillón rígido, contando cada respiración del niño y vigilando los números en el monitor de signos vitales. Sarah, por su parte, estaba deshecha. No comía y se sobresaltaba con cada ruido en el pasillo. Los médicos ya les habían advertido que la respuesta inicial al tratamiento no era buena y que debían prepararse para buscar un donante de médula ósea.
Dominic se levantó del sillón con los ojos inyectados en sangre por el cansancio y miró a Sarah a través del cristal de la habitación.
—Mañana nos harán las pruebas de compatibilidad —dijo con la voz ronca—. Si uno de los dos puede ser el donante, Arthur saldrá de esto. Estoy dispuesto a darle lo que necesite para salvarlo.
Sarah no pudo responder. Apartó la vista y se pegó al ventanal, sintiendo una presión insoportable en el pecho. El pánico la estaba asfixiando. Sabía que Dominic nunca sería compatible porque no era el padre, y que la única salvación para Arthur estaba en las venas de Maxwell, y ella no tenía el valor de ir a buscarlo. Se aferraba a ser ella la donante.
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Grace estaba sumergida en los reportes de la nueva sociedad. Había pasado una semana desde aquel estallido en la oficina y, aunque el trabajo avanzaba, el silencio de Dominic era una presencia constante y pesada. No había llamado, no había enviado ni un mensaje, ni un rastro del interés que juró tener por los niños. La incertidumbre la estaba carcomiendo.
Danna entró en la oficina y se detuvo al verla con la mirada perdida en los ventanales.
—¿En qué piensas? —preguntó Danna, dejando unos documentos sobre el escritorio.
Grace se giró con un gesto de amargura, cerrando la carpeta con brusquedad.
—En las mentiras de Dominic —respondió con una voz cargada de resentimiento—. Según él, no sabía nada de mi embarazo. Se llenó la boca culpando a su abuela, lloró frente a mis hijos y les juró que no iba a desaparecer. Ha pasado una semana, Danna. Dejó a mis niños ilusionados y se largó sin mirar atrás.
Danna suspiró y se apoyó en el borde del escritorio, cruzándose de brazos.
—Bueno, lo conoces. Sabes que para ese hombre no hay nada más importante que su trabajo, el maldito dinero y el apellido Pierce —dijo Danna con tono realista—. Quizás la abuela le salió con una nueva sarta de mentiras, ya sabes cómo es esa vieja víbora, y ahora él volvió a dudar.
—Él maneja el monopolio de los puertos en las costas —continuó Maxwell, señalando los documentos—. Pero he descubierto una vulnerabilidad legal en las concesiones de la terminal principal de la costa este. Dominic se confió. Podemos impugnar la renovación de sus licencias exclusivas alegando falta de diversificación competitiva. Si logramos que el consejo portuario abra una licitación pública para las operaciones logísticas, Pierce Global perderá el control del flujo de mercancías. Sin los puertos, sus contratos de distribución internacional se caen como fichas de dominó.
Grace recorrió con la mirada los esquemas legales que Maxwell había preparado. Era una estrategia agresiva, brillante y, sobre todo, completamente legal.
—¿Quieres quitarle el suelo que pisa? —preguntó Grace, con la voz un poco ronca.
—Quiero que entienda que no puede jugar con nosotros —respondió Maxwell, inclinándose hacia ella—. Se burló de ti, despreció a los niños después de verlos a los ojos y se largó a Nueva York a seguir con su vida de lujos. No merece el poder que tiene si lo usa para pisotear a su propia sangre.
Grace recordó la carita de Derek esperando una llamada que nunca llegó y el llanto silencioso de Doménica. El dolor se transformó en una coraza fría. Ya no le importaba la historia que habían tenido, ni las supuestas mentiras de la abuela. Solo veía a un hombre que había vuelto a elegir su orgullo por encima de sus hijos.
—Hazlo —sentenció Grace, devolviéndole la carpeta a Maxwell con un movimiento seco—. Si para él lo más importante es su maldito imperio, vamos a quitárselo. Que aprenda lo que se siente perder lo que uno más ama.
Maxwell asintió, sintiendo una mezcla de triunfo y amargura. Sin saber que el hombre al que iba a destruir era el mismo que era capaz de dar la vida por un hijo que no pertenecía y que llevaba la sangre Foster en sus venas.

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